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title: "Anna Bensi: rostro de la guerra del castrismo contra el cristianismo"
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description: "Esta posibilidad, cada vez más cercana, insisto, es el mayor pánico del régimen. ¿Qué puede desatar ni cómo puede terminar esta guerra del socialismo contra los cristianos en la Cuba de hoy?"
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date_published: "2026-10-01T23:51:00-04:00"
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  - "anna bensi"
  - "cristianos cubanos"
  - "cuba para cristo"
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  - "revolucion cubana"
author_name: "Luis Leonel Leon"
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author_bio: "Luis Leonel León es un escritor, periodista y cineasta especializado en estudios cubanos mediante ensayo, periodismo, investigación histórica y obras audiovisuales. Su trabajo ha aparecido en El Nuevo Herald, Diario Las Américas, The American Spectator, El Nacional, Disidentia y La Gaceta de la Iberósfera. Ha escrito sobre artistas (Rafael Soriano, Arturo Rodríguez, César Trasovares y William Osorio) y autores cubanos (Dulce María Loynaz, Guillermo Cabrera Infante, César Reynel Aguilera y Carlos Alberto Montaner), entre otros. También ha curado exposiciones de arte y ciclos cinematográficos en Estados Unidos, Cuba, España e Hispanoamérica. Ha producido películas y series documentales sobre historia, cultura y exilio cubanos (Mariel: 40 años, Brigada 2506: Héroes cubanos y 8 × 8: Mujeres cubanas en busca de la libertad). Entre sus documentales premiados se encuentran Habaneceres, La gracia de volver y Coro de ciudad. Sus libros incluyen La libertad y la isla, Historias de Cuba y Breve manual contra la trampa socialista. Es fundador de LiberPolis y Colección Fugas, miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del Interamerican Institute for Democracy, para el cual ha realizado entrevistas y obras audiovisuales sobre libertad, democracia e institucionalidad en las Américas."
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# Anna Bensi: rostro de la guerra del castrismo contra el cristianismo

![Captura de pantalla 2026-10-02 a la(s) 10.54.59 a.m.](/download/multimedia.normal.9b55d6a55a2136ad.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

¿Cuánto poder necesita desplegar un Estado frente a una joven y su madre? ¿Cuántos policías, agentes vestidos de civil, cercos domiciliarios, detenciones arbitrarias y violentas, intimidaciones y restricciones hacen falta alrededor de un juicio político contra la libertad de expresión? ¿Qué amenaza podían representar los amigos que deseaban acompañarlas, los periodistas independientes que pretendían informar, y los sacerdotes, religiosas, pastores y jóvenes que simplemente querían llegar hasta un tribunal? ¿Qué nos dice todo esto acerca de un sistema político que durante décadas ha conseguido que la mayoría de la población se paralice ante el precio que puede pagar cuando decide abandonar el silencio o dar un paso más allá del terror totalitario?

Este 1 de octubre no fue solamente un juicio: fue un operativo con vigilancia frente a viviendas, restricciones para quienes pretendían acudir, detenciones de cristianos, presencia de agentes vestidos de civil, periodistas bajo presión, acceso reducido al tribunal y cortes de Internet. Y aunque el régimen cubano intente presentar cada episodio como un hecho aislado, lo ocurrido revela un conflicto más profundo: el castrismo no combate únicamente la crítica política, sino también una fe cristiana que deja de limitarse al espacio privado, sale del templo, acompaña al perseguido, crea vínculos entre ciudadanos y levanta una autoridad moral independiente del Estado. Es ahí donde Anna, junto a sus amigos de Fuera de la Caja y otros rostros cristianos, adquiere un significado que rebasa su caso personal. Por su fe, por su palabra y por la capacidad de reunir a otros alrededor de ambas, se ha convertido en uno de los rostros visibles de esa confrontación entre un poder que exige obediencia y una conciencia cristiana que reconoce una autoridad superior al miedo. Es la guerra del régimen contra todo lo que el cristianismo representa cuando se convierte en presencia pública, solidaridad, verdad y resistencia moral frente a la naturaleza autoritaria del socialismo cubano.

El proceso del régimen contra Anna y su madre fue orquestado después de que grabaran y difundieran la visita de Yoel Leodán Rabaza Ramos, suboficial del Ministerio del Interior, quien, vestido de civil, incluso en chancletas, llegó a la vivienda de las mujeres condenadas para entregar una citación de la Seguridad del Estado. El expediente fue archivado inicialmente porque la figura penal requería una querella directa de la persona que se considerara perjudicada, pero, como era de esperar, se reactivó cuando Rabaza la presentó siguiendo instrucciones de la policía política, de la cual es parte. Un detalle importante es que el régimen quería una retractación pública de Anna y su madre: que grabaran y difundieran un video de disculpa en el que se desdijeran de lo expresado anteriormente, retiraran públicamente sus denuncias y reconocieran como improcedente aquello que habían publicado. Y claro, el efecto habría sido mucho mayor que el cierre de un proceso judicial. Habría convertido su retractación en una advertencia para los demás: hablar tiene un precio, y para librarse del castigo hay que desdecirse públicamente. Y otro dato: se habrían librado de lidiar con las críticas y el descontento popular, en buena parte contenido, ante el despliegue represivo. Con Anna no les funcionó por algo cardinal: su fe le impide negar la verdad.

La jueza que presidió el proceso no fue escogida al azar: Zamira Marrero Morgado estuvo en uno de los tribunales contra manifestantes del 11 de julio de 2021, entre ellos causas vinculadas con La Güinera y Toyo, en las que se solicitaron penas de hasta 30 años de prisión por supuesta “sedición” y se dictaron severas condenas contra manifestantes. Antes de la vista contra Anna y Caridad, esta conocida jueza, brazo condenatorio de la policía política, rechazó la petición de la defensa de cerrar la causa porque los hechos imputados no constituyen delito. Algo que en cualquier democracia habría sido aceptado, pero en la dictadura cubana no iba a ser siquiera considerado. Porque aquí, más que hacerle un juicio injusto, se trata de un escarmiento.

Jóvenes evangélicos: las voces más visibles en Cuba contra la tiranía socialista

El régimen ha justificado el procesamiento como si se tratara de una cuestión de responsabilidad digital, insistiendo en que las redes sociales no constituyen un territorio exento de ley y en que una cosa es grabar y otra divulgar imágenes sin consentimiento. Una vergonzosa argumentación. ¿Por qué no podían dejar constancia en las redes del hecho? ¿Y si todo se reducía a una controversia sobre intimidad, por qué entonces los policías frente a viviendas de personas que querían asistir al juicio, las restricciones de movimiento denunciadas por jóvenes, la vigilancia sobre periodistas, la detención de religiosos y todos los obstáculos para acercarse al tribunal?

El caso de Anna no está aislado. Precisamente este 1 de octubre se conoció que la Fiscalía Provincial de Holguín pidió diez años de prisión para Kamil Zayas Pérez y ocho para Ernesto Ricardo Medina, los jóvenes de El 4tico, mientras el Tribunal Provincial ya dispuso la apertura a juicio oral y ambos continúan en prisión provisional a la espera de una fecha. Está también Jonathan David Muir Burgos, el menor de edad cristiano e hijo del pastor protestante Elier Muir Ávila, detenido después de las protestas de Morón y acusado de sabotaje antes de ser excarcelado bajo vigilancia y restricciones. Casos que revelan una misma advertencia: jóvenes que hablan, graban, protestan, ejercen públicamente su fe o se vinculan a comunidades cristianas terminan sometidos a procesos, prisión, vigilancia o castigos ejemplarizantes. Una ofensiva contra una juventud que ha empezado a unir crítica social, libertad de expresión y fe cristiana, justamente allí donde el castrismo ha intentado durante décadas mantener separadas la conciencia personal y la acción pública.

Dentro de este movimiento, Anna es, sin duda, el rostro más visible, y su candidez ha calado en la gente. Su manera espontánea de hablar, la naturalidad con que expresa su fe y la ausencia de una pose política calculada han contribuido a que muchos la perciban como una voz auténtica y cercana. Ante la guerra que le ha declarado el castrismo, la Embajada de Estados Unidos en La Habana se pronunció: “Pensar diferente no es un crimen”. Desde marzo la representación diplomática había cuestionado las citaciones y amenazas denunciadas contra Anna y Caridad, y en abril su jefe de misión, Mike Hammer, una figura popular entre los cubanos, que a veces me recuerda a James Cason, las visitó cuando ambas permanecían bajo reclusión domiciliaria. En mayo volvió a reunirse con Anna y con integrantes de Fuera de la Caja. Y Leslie Núñez Goodman, de origen cubano, consejera de educación, cultura y prensa, ha participado, como corresponde, en eventos públicos donde han estado presentes Anna, su madre y varios jóvenes cristianos de su entorno.

Anna ha dicho que no aspira a convertirse en dirigente política y continúa presentándose como una joven cristiana que decidió expresarse. También ha afirmado que, aun sabiendo de antemano las consecuencias que sufriría, volvería a publicar el video que originó el proceso en su contra. La víspera del juicio conversé con varios amigos sobre lo que podía ocurrir. Algunos conservaban la esperanza de que la vista volviera a suspenderse, como ya había sucedido anteriormente. Otros pensaban que podía producirse una sanción económica e incluso una absolución. Les dije entonces, con profundo dolor, que temía una condena precisamente relacionada con aquello que Anna había hecho durante los últimos meses y que parecía incomodar cada vez más al poder: salir, hablar, publicar, encontrarse con otras personas y transformar una presencia nacida en las redes sociales en contacto directo con otros cubanos. Un castigo para impedir, o al menos limitar, los efectos a los que más teme el régimen. La casa sitiada es la cárcel preferida de los comunistas.

Una cosa es observar a una persona desde la pantalla de un teléfono y otra muy distinta encontrársela saliendo de una iglesia, estrecharle la mano, abrazarla, conversar durante unos minutos y descubrir que aquella joven que aparece denunciando determinados problemas de Cuba no es una figura remota, sino alguien que camina por las mismas calles, siente miedo, tiene una familia, practica su fe y continúa hablando a pesar de todo. Las redes pueden reunir seguidores. El encuentro personal crea vínculos entre personas que hasta entonces solo se conocían a través de una pantalla, y esa diferencia importa mucho en una sociedad donde durante décadas expresar públicamente el desacuerdo ha podido traer consecuencias laborales, sociales, policiales o penales. Sigo pensando en la imagen de la casa como cárcel. Una prisión tiene barrotes visibles, mientras que el control sobre la movilidad opera de otra manera: no necesita una celda para reducir el espacio en que una persona puede desenvolverse.

Cuba, la isla que espía a Estados Unidos

¿Hasta dónde llegará esa restricción en la sentencia escrita? No son tontos quienes articulan las estrategias de represión del régimen. Saben que en Vigilar y castigar, al recuperar el panóptico de Jeremy Bentham, Michel Foucault examinó una forma de control cuya eficacia no depende de que alguien esté observando a cada individuo durante todas las horas del día. Basta con que el individuo sepa que puede ser observado para que empiece a modificar su conducta ante esa posibilidad. La incertidumbre produce una disciplina interior. El vigilante puede incluso estar ausente, pero la posibilidad de su mirada continúa ejerciendo control sobre el vigilado.

Una patrulla situada frente a una vivienda no transmite un mensaje solo para quienes permanecen dentro. La ve el vecino, la conoce el periodista, la comenta el amigo, y la recuerda quien acaba de observar un video donde agentes detienen a un pastor que pretendía llegar hasta un tribunal. El castigo adquiere entonces un alcance mayor que el expediente individual y no hace falta detener a diez mil personas para que miles incorporen lo sucedido con unas pocas al cálculo de sus propias decisiones. Antes de publicar, antes de acompañar, antes de firmar, antes de acudir a una iglesia, antes de presentarse ante un tribunal o antes incluso de formular una crítica, aparece en las personas, con distintos niveles de temor o rebeldía, la duda ante las posibles consecuencias. Cuando una sociedad se ha acostumbrado durante décadas a temer antes de hablar, el policía ya no necesita estar presente en todas partes: una parte importante de su trabajo comienza a realizarla el propio miedo, convertido para muchos en censura íntima, mientras la vigilancia exterior se concentra sobre las voces disidentes.

Esto lo comprendió cabalmente Hannah Arendt, quien en sus vigentes estudios sobre el totalitarismo, concedió enorme importancia al aislamiento y a la atomización de las personas. Una sociedad donde cada individuo cree estar solo frente al Estado presenta condiciones muy diferentes de otra donde existen asociaciones, comunidades religiosas, amistades y vínculos humanos capaces de ofrecer respaldo. Por eso hay una palabra sencilla que atraviesa todo lo sucedido el día del macabro y cobarde juicio contra Anna y su madre. Una palabra, un concepto, una acción que tuvieron presente varias voces cristianas y que quizá explica mejor el conflicto que muchos conceptos políticos: acompañar.

Acompañar era precisamente lo que intentaban hacer varias de las personas vigiladas o detenidas y lo que hicieron quienes pudieron llegar a las afueras del tribunal castrista. No estaban tomando por asalto una institución, destruyendo propiedades ni ejerciendo violencia, como tantas veces han hecho grupos defensores del socialismo. Sólo intentaban llegar a un tribunal para acompañar a Anna y su madre. El activista cristiano David Espinosa Martínez fue detenido cuando se dirigía hacia allí. El pastor evangélico Rolando Fidel Pérez Lora, conocido como Pregonero de Cristo, fue reducido, esposado e introducido en un vehículo cuando también pretendía asistir. Su arresto quedó registrado en video. Miembros de Fuera de la Caja Cuba denunciaron además patrullas frente a sus casas para impedir que salieran durante la mañana. La presión alcanzó igualmente, y no faltaba más, al periodismo independiente. Hubo periodistas que denunciaron vigilancia frente a sus viviendas y restricciones para desplazarse hacia el tribunal. CubaNet informó, además, de dificultades de comunicación y de un corte de internet en los alrededores que impidió realizar transmisiones directas y dificultó el envío de videos. Así opera el temor y la censura en el socialismo real. Mientras la dictadura invocaba la “legalidad” de su reglamento penitenciario para todo un país con el objetivo de condenar a dos mujeres por haber grabado y difundido la actuación de un policía, varios ciudadanos fueron impedidos, a golpe de represión, de observar el “juicio” y hasta de esperar fuera del tribunal. Menuda democracia.

Acompañar puede parecer poca cosa hasta que se comprende lo que rompe. Una persona sola ante una estructura estatal experimenta con toda crudeza la desigualdad de esa relación, pero cuando alguien se coloca junto a ella, entiende que no enfrenta el problema enteramente sola. Y cuando aparecen diez, la certeza del aislamiento comienza a debilitarse. La solidaridad pública posee por eso una consecuencia distinta de la solidaridad privada: pensar dentro de una casa “estoy contigo” puede ser moralmente sincero, pero sigue siendo invisible para la víctima y para todos aquellos que creen ser los únicos que piensan de determinada manera. La presencia convierte una convicción individual en un hecho colectivo, y ese es un fenómeno letal para un régimen totalitario cuyo poder se nutre, precisamente, de la censura y la autocensura.

Revolución cubana: nacer sin historia y vivir sin país

El dramaturgo disidente y político checo Václav Havel ha sido uno de los que mejor ha explicado otro rasgo de los regímenes comunistas: la capacidad de hacer que la coerción aparezca fragmentada en una sucesión de actos administrativos aparentemente normales. En El poder de los sin poder, el régimen pos-totalitario no descansa solamente en el policía que ejecuta una orden, sino también en una larga cadena de conductas rutinarias que ayudan a conservar la apariencia de normalidad. Un funcionario entrega una citación, otro vigila una vivienda, otro impide un desplazamiento, un tribunal abre un expediente, una institución invoca un artículo legal y cada acción, contemplada aisladamente, puede presentarse como un simple procedimiento burocrático.

Este 1 de octubre no fue solamente un juicio: fue un operativo con vigilancia frente a viviendas, restricciones para personas que pretendían acudir, detenciones de cristianos, presencia de agentes vestidos de civil, periodistas bajo presión, acceso reducido al tribunal y cortes de Internet. Y aunque el régimen cubano intente presentar cada episodio como un asunto independiente, arguyendo mentiras que ya nadie cree, la verdad es que se trató de un operativo de la Seguridad del Estado en contra del efecto de la voz de una joven cristiana. Porque ese detalle no lo podemos pasar por alto: hablamos de un juicio que representa la guerra del régimen cubano contra el poder espiritual y cívico de la religión cristiana. A ese poder, que aún desconoce el pueblo cubano e incluso no han comprado miles de cristianos, es a lo que la dictadura más teme.

Anna ha hecho de su fe cristiana una parte pública de su identidad y el respaldo religioso alrededor del caso fue notable. La Convención Bautista de Cuba Occidental, las Asambleas de Dios en Cuba, la Liga Evangélica de Cuba y la Iglesia Metodista de Cuba, junto con otras instituciones religiosas, expresaron antes del juicio su solidaridad con ella y con su madre. El día de la vista, religiosos católicos y protestantes acudieron a acompañarlas y se unieron en plegarias y oraciones, como la que protagonizó Alfredito Fominaya, joven activista cristiano que realiza una notable labor en redes sociales. También consiguieron llegar sor Nadieska Almeida y el padre Lester Rafael Zayas Díaz.

¿Qué responsabilidad entiende una comunidad cristiana que tiene cuando considera que uno de sus miembros está sufriendo una injusticia? La tradición bíblica no propone reducir la fe a una actividad privada. Al contrario, compartir la fe y, desde ella, acompañar al prójimo son constantes del cristianismo que sirven de base a la civilización occidental. Isaías llama a aprender a hacer el bien y buscar lo justo. Amós convierte la justicia en una corriente que debe abrirse paso. Y Cristo, en el Sermón de la Montaña, habla de una luz que no está destinada a permanecer escondida. Varias comunidades y religiosos, sobreponiéndose a la represión, han considerado el acompañamiento público como una expresión coherente con su fe. Pero aún faltan posicionamientos importantes, entre ellos los de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, la Arquidiócesis de La Habana y el Vaticano.

Un acompañamiento coherente a Anna Bensi y a su madre sería que las iglesias católicas, evangélicas y demás comunidades cristianas de Cuba y del mundo incorporaran desde ahora a sus coros *Mi tierra*, que Anna grabó junto a Dairon Gavilán y en la que su esperanza para Cuba aparece inseparable de su fe cristiana: “Que siga paso a paso la voz del Salvador”, canta Anna, ansiando una Cuba sanada, liberada del miedo y reconciliada con el amor de Dios. “Cuba para Cristo”, cantan ambos y deberían cantar todos los cubanos, especialmente en nuestras iglesias, dentro y fuera de la isla. Escuchar hoy Mi tierra en iglesias unidas como un inmenso coro, reflejo de lo que anhelan tantos cubanos, tendría un significado que va mucho más allá de la música: sería, a la par, decirle a una joven cristiana condenada junto a su madre que no está sola, que su fe no será reducida al silencio y que aquello por lo cual ha levantado su voz también interpela la conciencia de quienes profesan el mismo Evangelio.

Sería recordar, más allá de los sermones, que el mandato cristiano de acompañar al perseguido, buscar la justicia y permanecer junto al que sufre no termina donde comienza el miedo al poder. Las iglesias que consideran injusto lo ocurrido tienen ante sí una oportunidad concreta de demostrarlo con hechos, y cantar *Mi tierra*podría convertirse en uno de ellos. En cambio, guardar silencio ante una injusticia no constituye neutralidad moral, pues cuando existen víctimas y victimarios, la indiferencia termina favoreciendo a quien posee la fuerza para cometer la injusticia. Por eso, no acompañar, no levantar la voz y refugiarse en una supuesta equidistancia pueden significar, aun sin proponérselo, colocarse de alguna manera del lado de quienes castigan.

¿Qué aprenderán los demás cubanos observando lo que ocurrió con ellas? ¿Interpretarán que documentar la llegada de un funcionario a una vivienda puede terminar en una causa penal? ¿Que acompañar a dos mujeres hasta un tribunal puede provocar vigilancia o detención? ¿Que es más prudente permanecer dentro de casa? ¿Que una comunidad religiosa debe limitar su solidaridad al ámbito privado? ¿Que el silencio de quienes nos rodean significa aceptación? Y también puede producirse el efecto contrario: que quienes observen este episodio comprendan por qué la presencia pública de otras personas modifica el aislamiento, que los creyentes discutan dentro de sus propias comunidades qué significa buscar la justicia cuando hacerlo puede tener consecuencias, que los jóvenes descubran que otros comparten sus temores y que el silencio deje de interpretarse automáticamente como conformidad.

Durante más de seis décadas, el control político en Cuba no ha consistido únicamente en el terror a las prisiones. También se ha sostenido sobre una mordaza invisible, pero real, que lleva a muchos a dudar y temer antes de hablar, a desconfiar antes de reunirse, a cerrar una puerta aunque nadie haya tocado todavía y a contemplar una injusticia preguntándose cuánto puede costar acercarse. Esa prisión interior, que hemos visto romperse cuando cubanos se plantan ante la policía y filman sus abusos, puede resultar más resistente que muchos barrotes porque continúa funcionando incluso cuando el policía no está delante.

Y ahí es cuando la fe entra en la ecuación y, sumada a la empatía, al cansancio ciudadano ante la represión y a la grave crisis general que vive el país, puede impulsar un proceso de concientización capaz de desembocar en un nuevo levantamiento popular, aún más profundo que el 11-J, que termine con la dictadura. Y esta posibilidad, cada vez más cercana, insisto, es el mayor pánico del régimen. Porque una casa puede convertirse en límite, una sentencia puede restringir movimientos y los ríos del terror pueden cerrar puertas, pero ninguna de esas cosas decide por sí sola si quien permanece dentro terminará sintiéndose solo. Tampoco determina qué puede provocar esa resistencia, hasta dónde puede llegar ni cómo puede terminar esta guerra del socialismo contra los cristianos en la Cuba de hoy.

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