Cuba, capital del comunismo del siglo XXI: maquinaria de subversión contra Estados Unidos

¿Si estas evidencias no sirven para construir una política que conduzca a la liberación del pueblo cubano, desmantele redes de espionaje e influencia, clausure la plataforma de inteligencia y contemple los instrumentos de presión, acción y seguridad para proteger a EEUU y el hemisferio, para qué sirven entonces?
INFORMES21 de julio de 2026Luis Leonel LeonLuis Leonel Leon


Un informe del Departamento de Estado reconstruye cómo el castrismo convirtió una isla económicamente arruinada en una plataforma internacional de espionaje, terrorismo, penetración política y guerra ideológica contra Estados Unidos

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¿Cómo un régimen instalado en una isla pequeña, dependiente durante décadas de subsidios extranjeros y económicamente cada vez más destruida, pudo penetrar varias de las instituciones más sensibles de Estados Unidos? ¿Cómo ha conseguido la dictadura cubana formar agentes, reclutar simpatizantes, apoyar guerrillas, proteger terroristas, y construir y mantener una extensa red de influencia internacional mientras era incapaz de garantizar alimentos, servicios básicos y libertades elementales a su propio pueblo? ¿Por qué la desaparición de la Unión Soviética no significó el final de aquel proyecto revolucionario, sino su adaptación a nuevas alianzas con Rusia, China, Irán y organizaciones hostiles a Occidente? ¿Y por qué un sector considerable de la política estadounidense ha continuado tratando a Cuba como un pequeño país empobrecido, y no como la plataforma de inteligencia, subversión e influencia que el propio régimen se propuso construir desde 1959? 

Estas son algunas de las preguntas que saltan a la vista en Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI (Cuba: The Capital of 21st Century Communism), el informe del Departamento de Estado de Estados Unidos publicado el 20 de julio de 2026. Y no se trata de una monografía académica, aunque el formato lo parezca. Tampoco es un expediente judicial, a pesar de que pudiera servir como base para uno. 

Apoyado en documentos oficiales, condenas penales, confesiones de agentes, testimonios ante el Congreso, materiales desclasificados, investigaciones periodísticas, fotografías, mapas, imágenes satelitales y una extensa relación de notas, el informe es el mapa de una guerra larga y silenciosa que durante casi siete décadas se extendió bajo instituciones, universidades, movimientos políticos, organizaciones civiles y estructuras de seguridad de Estados Unidos, mientras demasiados observadores confundían la ausencia de tanques con la ausencia de una ofensiva. Cada agente descubierto, cada organización infiltrada, cada terrorista protegido y cada alianza con una potencia hostil aparecen en sus páginas como engranajes de una misma maquinaria, diseñada no para derrotar a Estados Unidos en una batalla convencional, sino para erosionarlo desde dentro, explotar sus divisiones, alterar sus percepciones y convertir las libertades de una sociedad abierta en puertas de entrada para quienes desean destruirla.

Su gran valor, decisivo para la escritura de la verdadera historia de la Revolución cubana, consiste en hacer confluir, con fuerza documental y elocuencia narrativa, hechos que durante décadas fueron observados de manera fragmentaria, como si las guerrillas, el espionaje, la penetración universitaria, la manipulación racial, las organizaciones de fachada y las alianzas con potencias enemigas pertenecieran a historias distintas, cuando en realidad forman parte de una misma estrategia, desplegada mediante métodos diversos, rostros cambiantes y un propósito esencialmente invariable: desarrollar una estructura de subversión contra Estados Unidos y contra el modo de vida que representa.

El documento no pierde tiempo en presentar al castrismo como una fuerza capaz de derrotar militarmente a Estados Unidos, sino como un régimen que comprendió que podía compensar su inferioridad económica y militar, así como su bancarrota moral e intelectual, mediante una guerra prolongada de penetración institucional, manipulación ideológica, espionaje, propaganda y apoyo a movimientos violentos dentro de las propias sociedades occidentales. No es, como intentan presentarlo medios afines a la dictadura, el inventario de una enemistad diplomática. Es la exposición irrefutable de un método que convirtió la debilidad material en capacidad de infiltración y la ruina de una nación en combustible para una empresa revolucionaria internacional. Por su amplitud y solidez documental, es el informe más completo jamás producido por el Departamento de Estado sobre la naturaleza y la proyección global del castrismo.

Una revolución construida contra Estados Unidos

El informe demuestra que la hostilidad del castrismo hacia Estados Unidos nunca fue, como han pretendido afirmar los historiadores complacientes con el régimen, una respuesta circunstancial al embargo, la ruptura diplomática o Bahía de Cochinos, sino uno de los principios fundacionales del Estado revolucionario. El régimen de la familia Castro necesitó un enemigo exterior permanente que justificara la represión interior, subordinara toda la vida nacional al aparato político y permitiera presentar cada fracaso económico como resultado de una conspiración extranjera. Pero esa hostilidad no quedó encerrada en los discursos: el castrocomunismo desarrolló una estrategia de desgaste basada en la infiltración gubernamental, el sabotaje, la propaganda, las operaciones clandestinas y la captación de agentes y colaboradores. 

El castrismo fracasó en la construcción de una economía capaz de alimentar, iluminar y abastecer dignamente a los cubanos, pero consiguió resultados considerables en la creación de redes de inteligencia e influencia. Mientras la isla se empobrecía, sus agentes penetraban el Departamento de Estado, el Consejo de Seguridad Nacional, la Agencia de Inteligencia de Defensa, instalaciones militares, universidades, organizaciones del exilio y movimientos políticos estadounidenses. La pobreza del régimen nunca significó pobreza operativa. Esa confusión, repetida durante décadas por quienes prefirieron medir el peligro cubano únicamente mediante el tamaño de su economía o de sus Fuerzas Armadas, permitió no solo escribir una historia adulterada, sino también subestimar el verdadero recurso estratégico del castrismo: su capacidad para ocultarse dentro de las instituciones, apropiarse de causas legítimas, utilizar los lenguajes de moda y explotar las contradicciones de las sociedades libres. 

El marxismo que sobrevivió a Moscú

La Revolución cubana no se limitó a reproducir el comunismo soviético: lo transformó en una doctrina más romántica, racial, identitaria y adaptable a las contradicciones internas de Occidente. Cuando las revelaciones sobre los crímenes de Stalin, las purgas y la invasión soviética de Hungría habían debilitado la autoridad moral de Moscú, Fidel Castro ofreció a la izquierda una nueva mitología revolucionaria construida alrededor de la liberación nacional, el anticolonialismo, el llamado Tercer Mundo y la confrontación entre Occidente y los pueblos que podían ser exhibidos como sus víctimas históricas.

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La Conferencia Tricontinental, celebrada en La Habana en 1966, fue decisiva para ensamblar una de las armas ideológicas más persistentes empleadas contra Estados Unidos y el mundo libre. Más de 500 representantes de 82 países reunieron allí a guerrillas latinoamericanas, movimientos africanos, organizaciones palestinas, comunistas asiáticos y activistas occidentales dentro de una misma narrativa de guerra contra el orden político occidental. El castrismo comprendió que, para sobrevivir y extender su influencia, la revolución no podía limitarse a conquistar gobiernos mediante columnas guerrilleras. También debía penetrar universidades, sindicatos, movimientos estudiantiles, asociaciones civiles, medios de comunicación y organizaciones culturales. Y eso ha seguido haciendo. 

El comunismo soviético se derrumbó junto al muro que pretendía protegerlo, pero la versión castrista había aprendido ya a habitar en los conflictos identitarios, en el resentimiento cultural, en la manipulación de agravios reales y en la transformación de toda diferencia social en una supuesta prueba de opresión estructural. Mientras Moscú perdía un imperio inmenso, La Habana dejaba sembrado un lenguaje que ha continuado administrando a su antojo, auxiliada por un ejército de adoctrinados y adoctrinadores, por un coro de resentidos sociales y por no pocos pícaros que descubrieron en el proyecto revolucionario una vía para conquistar poder, reconocimiento y dinero. El socialismo siempre ha sabido venderse con extraordinaria eficacia allí donde el conocimiento histórico es débil, la memoria ha sido erosionada y la verdad carece de cimientos firmes para resistir el atractivo de las consignas. La supervivencia y la expansión del castrismo lo demuestran.

Una escuela internacional de guerrillas

Cuba no solamente inspiró revoluciones: organizó, financió, entrenó y armó numerosos movimientos guerrilleros e insurgentes en América Latina, el Caribe, África y otras regiones. La isla funcionó como escuela de combatientes, refugio para prófugos, centro de comunicaciones y lugar de encuentro entre organizaciones violentas de distintos continentes. El informe examina sus vínculos con los sandinistas nicaragüenses, el ELN y el M-19 colombianos, los Tupamaros uruguayos, los Montoneros argentinos, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional Puertorriqueña y los Macheteros. El M-19 ocupó en 1980 la Embajada de la República Dominicana en Bogotá y tomó como rehenes a numerosos diplomáticos, incluido el embajador de Estados Unidos. Las FALN realizaron hasta 130 atentados con explosivos entre 1974 y 1983. Los Macheteros atacaron instalaciones y soldados estadounidenses y ejecutaron el robo de más de 7 millones de dólares en un depósito de Wells Fargo.

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Filiberto Ojeda Ríos, fundador de los Macheteros, fue reclutado por la inteligencia cubana y recibió entrenamiento en explosivos y guerra urbana. Murió en 2005 durante una operación del FBI después de disparar contra los agentes que intentaban detenerlo. La relación entre el castrismo y estas organizaciones no fue una simple coincidencia ideológica: incluyó, con distintos grados de participación según cada caso, entrenamiento, armas, refugio, documentación falsa, comunicaciones clandestinas, apoyo logístico y conexiones con otras redes revolucionarias. 

La propaganda castrista ha presentado estas operaciones como solidaridad internacional, pero la solidaridad no exige explosivos, identidades falsas, secuestros, arsenales clandestinos ni refugios para fugitivos. Fue una táctica de Estado destinada a multiplicar conflictos, debilitar gobiernos y extender el radio de acción de La Habana mucho más allá de sus posibilidades materiales. 

Terroristas y fugitivos protegidos por la dictadura

Cuba también se convirtió en refugio para personas acusadas o condenadas por asesinatos, secuestros, atentados y robos armados. Assata Shakur, nacida JoAnne Deborah Byron y conocida durante una etapa de su vida como Joanne Chesimard, integrante del Black Liberation Army, fue condenada en 1977 por el asesinato del policía estatal de Nueva Jersey Werner Foerster, pero escapó de prisión en 1979 con ayuda de militantes armados y recibió asilo en Cuba en 1984. En 2013 se convirtió en la primera mujer incluida en la lista de terroristas más buscados del FBI. Murió en La Habana el 25 de septiembre de 2025, después de haber pasado más de 4 décadas protegida por la dictadura y fuera del alcance de la justicia. 

La estrategia de Castro fue convertir a Shakur y a otros defensores de la violencia revolucionaria en símbolos de resistencia. La protección concedida no fue exclusivamente humanitaria ni respondió a una evaluación imparcial de sus procesos judiciales: formó parte de una política mediante la cual Cuba ofreció territorio, legitimidad y publicidad malintencionada a quienes habían combatido violentamente al Estado estadounidense. Con ellos, la dictadura, que negó refugio moral a sus propios disidentes, construyó un santuario para quienes ejercieron la violencia en nombre de la revolución. Esa contradicción explica mejor que muchos discursos su verdadero concepto de justicia: impunidad para los aliados y prisión para los opositores.   

Un imperio de espionaje dentro de Estados Unidos

Los casos de Víctor Manuel Rocha, Ana Belén Montes, Walter y Gwendolyn Myers y la Red Avispa demuestran que la penetración cubana de Estados Unidos no pertenece al terreno de las especulaciones. Está acreditada mediante confesiones, condenas judiciales, comunicaciones interceptadas, pruebas documentales y operaciones de contrainteligencia.

Víctor Manuel Rocha, antiguo embajador de Estados Unidos en Bolivia, funcionario del Consejo de Seguridad Nacional y asesor del Comando Sur, confesó haber actuado clandestinamente al servicio de Cuba durante décadas y fue condenado en 2024 a 15 años de prisión. Ana Belén Montes entregó secretos desde la Agencia de Inteligencia de Defensa durante 17 años, recibió una condena de veinticinco años y utilizó códigos, mensajes cifrados y transmisiones de onda corta para comunicarse con sus controladores cubanos. Walter y Gwendolyn Myers espiaron desde el Departamento de Estado durante casi 30 años y llegaron a mantener una reunión secreta de varias horas con Fidel Castro.

La Red Avispa penetró instalaciones militares, organizaciones del exilio y Hermanos al Rescate. Gerardo Hernández fue condenado por conspiración para cometer asesinato en relación con el derribo, el 24 de febrero de 1996, de las dos avionetas civiles en las que murieron Armando Alejandre Jr., Carlos Costa, Mario de la Peña y Pablo Morales. La red también concibió operaciones para sabotear aeronaves, incendiar el hangar de Hermanos al Rescate y asesinar, mediante una bomba escondida dentro de un libro, a una persona identificada por el castrismo como oficial de la CIA.

Estos casos revelan el método de la inteligencia cubana: no busca sólo información secreta, recluta por afinidad ideológica, cultiva agentes durante décadas, facilita su ascenso dentro de las instituciones y combina la obtención de inteligencia con la capacidad de influir sobre las decisiones y percepciones de Estados Unidos. Su operación perfecta no es aquella que roba un documento, sino la que consigue que una institución piense, decida o se equivoque en la dirección conveniente para el adversario, sin advertir que ha sido influida. 

Los viajes como instrumento de selección política

El informe dedica especial atención a la Brigada Venceremos, creada en 1969 y utilizada para llevar a Cuba a unos diez mil estadounidenses, entre ellos estudiantes, profesores, sindicalistas, activistas, funcionarios y figuras políticas. Sus primeras delegaciones estuvieron estrechamente vinculadas con Weather Underground, organización terrorista de extrema izquierda que declaró la guerra al Gobierno estadounidense y colocó bombas en el Capitolio, el Pentágono y el Departamento de Estado.

Aquellos viajes no fueron simples jornadas de trabajo voluntario ni excursiones de turismo solidario: permitieron a la dictadura observar a sus visitantes, conocer sus relaciones, identificar sus ambiciones, obtener información y mantener contacto con personas que posteriormente ocuparon posiciones en universidades, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y estructuras políticas. No todos los viajeros se convirtieron en agentes, pero la inteligencia cubana utilizó estos programas como espacios de clasificación, adoctrinamiento, captación y cultivo de posibles colaboradores. La ingenuidad del visitante ha sido una de las materias primas favoritas de las dictaduras. El viajero cree que observa una revolución, mientras la revolución lo observa a él. Cree que participa en un intercambio cultural, mientras un aparato profesional evalúa su utilidad, sus contactos, sus frustraciones y sus posibilidades de ascenso.

La utilización revolucionaria del conflicto racial

El régimen cubano no creó la segregación ni los agravios padecidos por los afroamericanos, pero procuró transformarlos en conciencia revolucionaria y hostilidad contra el sistema estadounidense. La propaganda castrista presentó a los afroamericanos como una población colonizada y trató de incorporar sus luchas a la misma estrategia tercermundista que reunía a guerrillas latinoamericanas, movimientos africanos y organizaciones palestinas.

Cuba cultivó relaciones con Robert F. Williams, quien transmitió desde La Habana el programa Radio Free Dixie, Stokely Carmichael, posteriormente conocido como Kwame Ture, los Panteras Negras, Angela Davis y Assata Shakur. La causa de los derechos civiles fue utilizada como vehículo para introducir el marxismo revolucionario, fomentar el separatismo y transformar conflictos internos en instrumentos al servicio de una dictadura que había eliminado en Cuba las libertades de expresión, asociación y participación política. 

El cinismo revolucionario es difícil de ignorar. Un régimen que reprime a opositores negros, encarcela a defensores de los derechos humanos y prohíbe toda organización independiente se presenta ante el mundo como redentor racial. El castrismo jamás pretendió que Estados Unidos reparara injusticias, la gran mayoría corregidas hace décadas, sino desgarrar cicatrices, exacerbar viejos agravios y convertirlos en argumentos contra la propia democracia. 

Organizaciones de fachada y redes de influencia

El Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos no es una organización civil independiente, sino una institución creada en 1960 e integrada al aparato exterior del régimen. El ICAP afirma coordinar cerca de 2000 organizaciones de solidaridad en más de 150 países y organiza delegaciones, brigadas, intercambios universitarios, campañas sindicales y relaciones con entidades religiosas, estudiantiles y no gubernamentales. Su presidente, Fernando González Llort, fue uno de los integrantes condenados de la Red Avispa y cumplió aproximadamente quince años en una prisión estadounidense antes de regresar a Cuba de la mano de Barack Obama. Su designación al frente del ICAP es la continuidad entre las operaciones clandestinas de inteligencia y las actuales estructuras de influencia política.  

Bajo la apariencia de cooperación cultural, académica, religiosa o humanitaria, estas redes permiten promover los intereses de La Habana, presionar a legisladores, recaudar recursos, organizar viajes, movilizar protestas y conservar una base permanente de defensores de la dictadura en Estados Unidos. Que algunas de esas actividades posean componentes culturales y humanitarios es propicio para que funcionen como acceso y cobertura para espiar y atacar a Estados Unidos. La apertura es una virtud de las sociedades libres, pero en manos de un sistema totalitario es una puerta abierta a la penetración. 

La nueva Internacional antiestadounidense

La desaparición de la Unión Soviética no terminó con el proyecto internacional del castrismo, sino que lo obligó a adaptarse. Cuba redujo parte de sus operaciones militares directas, pero conservó sus agentes, archivos, conocimientos técnicos y redes políticas. El antiguo patrocinio soviético fue reemplazado parcialmente mediante nuevas relaciones con Rusia, China e Irán. Y luego con la implantación del chavismo, cuyas figuras centrales, el fallecido Hugo Chávez y el encarcelado Nicolás Maduro, fueron asesorados y protegidos por la inteligencia castrista. 

El informe identifica instalaciones de inteligencia de señales activas, modernizadas o en construcción en Wajay, Calabazar, El Salao y Bejucal. Desde posiciones de esa naturaleza pueden vigilarse comunicaciones, bases militares, centros espaciales y movimientos aéreos y marítimos del sureste de Estados Unidos. Cuba vuelve así a desempeñar la función que tuvo durante la Guerra Fría, ahora como plataforma avanzada para potencias con capacidades tecnológicas y militares muy superiores a las suyas. También examina la cooperación con Irán, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y organizaciones respaldadas por Teherán, entre ellas Hamás, Hezbolá y el Frente Popular para la Liberación de Palestina. Cuba funciona como un nodo hemisférico donde confluyen potencias autoritarias, servicios de inteligencia, movimientos marxistas y organizaciones islamistas que, a pesar de sus diferencias ideológicas, comparten la hostilidad hacia Estados Unidos y el orden político occidental. 

A primera vista pudiera parecer contradictorio que comunistas ateos, nacionalistas autoritarios e islamistas radicales colaboren entre sí, pero no necesitan compartir una doctrina para reconocerse dentro de una misma hostilidad. No los une una visión común del futuro, sino el rechazo del presente occidental, el rencor contra sus valores y la voluntad de debilitarlo por todos los medios posibles. 

De la evidencia a la responsabilidad

El informe es de una claridad contundente: la ruina económica y la inferioridad militar de Cuba no deben confundirse con inocuidad estratégica. El castrismo fracasó estrepitosamente como sistema para gobernar una nación, pero demostró una extraordinaria capacidad para espiar, infiltrar, adoctrinar, proteger fugitivos, apoyar movimientos violentos y establecer alianzas con los adversarios internacionales de Estados Unidos. Su fracaso doméstico y su eficacia subversiva no son fenómenos contradictorios. Proceden de una misma elección histórica: sacrificar el bienestar de los cubanos para conservar un aparato de poder dedicado a sobrevivir, reprimir y proyectarse hacia el exterior.

Durante demasiado tiempo, Washington confundió el statu quo de la dictadura con estabilidad, sin vislumbrar que aquella inmovilidad política preservaba, a sólo 90 millas de Florida, una plataforma activa de subversión contra Estados Unidos y el hemisferio. También se ha invocado el diálogo como si conversar con la dictadura implicara transformarla, ignorando que cada apertura le ha proporcionado recursos, legitimidad y tiempo sin obligarlo a renunciar a ninguno de sus objetivos esenciales. La prudencia no puede consistir en preservar indefinidamente las condiciones que alimentan la amenaza. Tampoco la paz puede reducirse a la ausencia de una confrontación visible mientras el adversario infiltra, espía, recluta y mina el terreno en silencio.

Por primera vez, una administración estadounidense ha interiorizado que el castrismo es enemigo tanto del pueblo cubano como de Estados Unidos. Mientras los cubanos soportan hambre, apagones, represión, presos políticos y el desmantelamiento de sus libertades, el régimen continúa destinando recursos a preservar y exportar su proyecto revolucionario. Trump y Rubio han dejado claro que no se trata de elegir entre la defensa de los cubanos y la seguridad estadounidense, como si fueran intereses distantes o incompatibles. Saben que ambas causas conducen al mismo problema y exigen enfrentar al mismo aparato de poder para solucionarlo. La dictadura que mantiene sometido al pueblo cubano es también la estructura que pone su territorio, sus servicios de inteligencia, sus redes políticas y su privilegiada proximidad geográfica al servicio de los enemigos de Estados Unidos. 

¿Puede seguir afirmándose, después de este informe, que Cuba representa únicamente una crisis humanitaria y no una amenaza estratégica? ¿Puede Washington continuar tratando como interlocutor reformable a un régimen que durante casi siete décadas ha espiado, infiltrado, protegido terroristas y colaborado con sus principales adversarios? ¿No obliga este documento a revisar una política que demasiadas veces ha confundido diálogo con ingenuidad, pobreza con debilidad, prudencia con pasividad e inmovilidad con estabilidad?

Hay una pregunta, en la que confluyen verdad y responsabilidad, coherencia y praxis, derechos humanos y seguridad nacional y hemisférica, que es la más importante de todas: ¿si esta acumulación de evidencias no sirve para construir una política integral que conduzca de manera efectiva a la liberación del pueblo cubano, desmantele las redes de espionaje e influencia, clausure la plataforma de inteligencia instalada a 90 millas de Florida y contemple todos los instrumentos legítimos de presión, acción y seguridad necesarios para proteger a Estados Unidos y al hemisferio, para qué sirve entonces?

BIO LLL

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