Convocar un diálogo nacional e iniciar transición pacífica hacia la democracia real

(He estado pensando - 171)
He estado pensando en la necesidad de tocar las campanas.
Hace años, en los tiempos duros de la persecución religiosa, cuando el gobierno “revolucionario” satanizó a la Iglesia, un sacerdote iba, semana tras semana, a un pueblo rural, a cuyo templo no acudía nadie. Semana tras semana tocaba las campanas, y esperaba, sin que nadie se atreviera a entrar a la iglesia.
Un día, alguien del pueblo le preguntó: “Padre, ¿para qué sigue tocando las campanas, si nadie va a venir a la iglesia?”. El sacerdote le dijo: “Nadie va a venir a la iglesia, pero van a escuchar las campanas”.
Vivimos en un país atascado. Cuando juntamos la destrucción omnipresente que nos rodea, la vida cotidianamente miserable y dura, el rechazo de este pueblo a los que nos gobiernan, el disgusto social creciente, la falta de perspectivas y de futuro… lo razonable, lo lógico, lo sanamente inteligente, sería poner fin a esta tragedia, convocar a un diálogo nacional e iniciar una transición pacífica hacia la democracia real.
Pero tengo la intuición de que los que nos gobiernan no sólo no quieren abandonar el poder, sino que tampoco saben cómo parar, no saben cómo salir de la trampa que ellos mismos han creado. Atrapados en la inercia del control y del poder, no saben cómo terminar la obra y salir del escenario. Tal vez por la soberbia de no dar su brazo a torcer, o por el miedo a represalias, o porque, sencillamente, no conciben cómo reinventarse en otra geografía.
Y atrapados entre su incapacidad de parar y la conciencia de que este proceso tendrá un final en el cual ellos no serán los protagonistas, han elegido la peor opción: han elegido la muerte, la inmolación ciudadana, el genocidio silente, aplastar a este pueblo hasta la nada, en una especie de: “Yo no sobreviviré, pero tú tampoco lo harás o, al menos, te destruiré todo lo que pueda, mientras tenga fuerzas, poder y medios”.
Por eso ahogan, sistemáticamente, todo intento de progreso personal, y en vez de fomentar la libre economía, crean un ejército de inspectores, avivando, de paso, el viejo y eficaz mecanismo de enfrentarnos como pueblo; por eso acosan, juzgan y enjuician a toda voz que pone palabras a lo que el pueblo siente; por eso hacen leyes, declaraciones, discursos, pero no ofrecen soluciones a los problemas crecientes de este pueblo.
Y la gente sufre, se desgasta, se agota, esperando una solución que no llega, y que no es tan sencillo que gestemos como pueblo. Por eso, necesitamos empujar y empujar cada vez más y entre todos este muro asfixiante, necesitamos “tocar las campanas”.
Cada vez que, en donde quiera que estemos, decimos lo que pensamos; cada vez que hablamos desde la verdad evidente; cada vez que, ante las “defensas farsa”, decimos, con todo respeto: “Yo no lo veo así”, “yo no estoy de acuerdo”; cada vez que nos manifestamos en las redes sociales, cada vez que en nuestros hogares, o en el barrio, o donde sea, ponemos voz a lo que realmente sentimos y queremos, estamos sonando las campanas de nuestra libertad.
Y los que tienen miedo, los que han decidido hacer el juego a esta mentira, tal vez no se atreverán a dar el paso hacia la libertad, pero escucharán las campanas.





