La carta de amor de Ada Ferrer

¿Leyeron ya la carta de amor enviada por la académica y profesora universitaria cubanoamericana Ada Ferrer al "presidente Miguel Díaz-Canel", publicada en The New York Times bajo el título “My Father Wrote Letters to the Cuban Government. Here Is Mine” (Mi padre escribió cartas al gobierno cubano. Aquí está la mía)?
Sí, al “presidente”, no al dictador colocado a dedo por Raúl Castro, dado que incluso en tiempos de ruina hay que respetar las formas cortesanas del aparato estatal cubano y llamar “continuidad” a lo que en cualquier otra parte del planeta recibiría el nombre de simple gestión del derrumbe, con ministerios, consignas y desfiles convertidos en decorado exhausto de una maquinaria política que hace tiempo perdió toda capacidad de producir entusiasmo verdadero y apenas administra la supervivencia material y simbólica de su propia permanencia.
La carta escrita por Ada Ferrer posee una rara tonalidad del liberalismo académico norteamericano cuando descubre, después de décadas de archivos, becas, congresos universitarios, investigaciones financiadas y estancias intelectuales legitimadas por el prestigio de la universidad estadounidense, que en Cuba la gente vive entre apagones, anaqueles vacíos y hospitales sumergidos en penumbras, mientras todo aparece redactado con una delicadeza profesoral, igual que si se intentara corregir con paciencia a un alumno desorientado y no hablarle al heredero político de un sistema que lleva más de medio siglo perfeccionando el arte de sobrevivir a sus propios fracasos, con una mezcla de decepción elegante y esperanza ilustrada todavía aferrada a la idea de que el poder podría reaccionar frente a un argumento moral o detenerse un instante ante una crítica formulada con educación y moderación desde las páginas de The New York Times, periódico convertido desde hace décadas en una especie de tribunal simbólico de legitimidad moral para buena parte de la intelectualidad liberal occidental.
Desde luego, existe además un elemento particularmente revelador, y consiste en que Ada Ferrer formó parte de una extensa genealogía de académicos norteamericanos autorizados durante décadas a entrar y salir de la isla con salvoconductos universitarios, cartas de investigación y permisos especiales para trabajar en archivos, bibliotecas y hemerotecas cubanas, acumulando decenas de viajes, acceso a documentos, conversaciones institucionales y facilidades de investigación que muchas veces ni siquiera estaban disponibles para investigadores cubanos residentes en la isla, de manera que mientras numerosos intelectuales locales chocaban contra el muro burocrático de permisos, censuras y restricciones, la investigadora visitante circulaba bajo la legitimidad protectora de la academia norteamericana, convertida en figura respetable del intercambio cultural y en presencia aceptable dentro de un sistema que siempre supo distinguir entre el opositor frontal y el crítico moderado dispuesto a conservar abiertos los canales de interlocución.
Persiste en buena parte de la academia neoyorquina la vieja ilusión de que el poder escucha cartas, como si Díaz-Canel, después de revisar informes de vigilancia, partes policiales y estadísticas maquilladas, fuese realmente a detenerse emocionado ante una misiva publicada en The New York Times y decir que ha llegado la hora del diálogo nacional, cuando en realidad el problema no radica en la buena intención de la profesora, seguramente sincera, sino en la confianza persistente según la cual la tiranía todavía conservaría algún espacio sensible al tono civilizado, a la moderación o a la crítica razonable, creencia profundamente arraigada dentro de un liberalismo académico que continúa suponiendo que toda estructura política, incluso las construidas sobre vigilancia y control absoluto, termina reaccionando tarde o temprano frente al peso moral de las palabras educadas.

La carta intenta salvar algo muy típico del exilio académico cubanoamericano, la posibilidad de criticar al régimen sin romper del todo con el sentimentalismo de la nación revolucionaria, de ahí el equilibrio entre condenar el embargo y condenar la represión, citar a José Martí y denunciar a Donald Trump, lamentar la pobreza y al mismo tiempo proteger cuidadosamente el vocabulario de la soberanía nacional, todo calibrado para no parecer “de derecha”, pecado todavía imperdonable dentro de ciertos departamentos universitarios donde Fidel Castro continúa funcionando como figura mítica de la épica anticolonial latinoamericana, mezcla extraña de caudillo tropical, símbolo antiimperialista y fantasma romántico de una izquierda incapaz de admitir plenamente la magnitud histórica de su fracaso.
Uno de los pasajes más sólidos aparece cuando la autora reconoce que la soberanía cubana terminó vaciada de sentido, dado que el castrismo sustituyó la dependencia norteamericana por la soviética y luego por la venezolana, observación que toca una verdad difícil de negar, puesto que la Revolución Cubana jamás produjo verdadera autonomía y apenas cambió de tutores históricos mientras enseñaba a varias generaciones a repetir la palabra “dignidad” frente a refrigeradores vacíos, apagones interminables y oleadas migratorias que terminaron convirtiendo el escape en una de las prácticas sociales más constantes de la vida cubana contemporánea.
Pero incluso en aquel momento reaparece el viejo reflejo liberal del consenso y la reconciliación, de manera que todo debe desembocar en un “diálogo nacional”, fórmula elegante que en el contexto cubano se parece demasiado a recomendar terapia matrimonial entre el preso y el carcelero, porque pensar que un sistema construido sobre vigilancia, partido único y control absoluto podría transformarse mediante conversaciones racionales pertenece más al universo epistolar del siglo XVIII que a la experiencia concreta de los Estados totalitarios del XX, cuya historia demuestra que el poder raramente abdica mediante intercambios civilizados de cartas publicadas en periódicos prestigiosos.
También resulta notable la manera en que la carta preserva intacta la ficción republicana del cargo, repitiendo “Señor Presidente” una y otra vez, como si estuviese escrita para un mandatario elegido dentro de una democracia fatigada y no para el administrador burocrático de una estructura dinástica heredada desde Sierra Maestra hasta Punto Cero, dado que la precisión semántica importa y el lenguaje diplomático posee la extraña capacidad de convertir la obediencia en institucionalidad y la designación vertical en normalidad republicana, hasta el punto de que incluso la ruina cubana necesita expresarse con buenos modales y vocabulario constitucional.
El documento revela algo más profundo que una simple crítica política, pues deja ver el agotamiento simbólico del viejo imaginario revolucionario dentro de sectores intelectuales que durante años intentaron separar la “idea original” de su fracaso histórico, de modo que Ada Ferrer ya no escribe desde el entusiasmo romántico de la izquierda continental y escribe después de comprender que el experimento no produjo al hombre nuevo, sino apagones de veinte horas, migración masiva y jóvenes que abandonan la isla con la misma desesperación con que antes se escapaba de Europa del Este, realidad que ha terminado erosionando incluso las últimas reservas sentimentales de numerosos intelectuales progresistas incapaces ya de seguir justificando la decadencia cubana mediante el viejo lenguaje heroico de la revolución.
La tragedia consiste en que el castrismo probablemente lea esta carta exactamente igual que siempre ha leído las críticas moderadas, como una demostración más de debilidad moral del adversario, puesto que el poder revolucionario cubano nunca le ha temido demasiado a los intelectuales razonables y teme mucho más a los desesperados, a los hambrientos y a quienes dejaron de creer en la gramática sentimental de la Revolución, porque toda maquinaria autoritaria comprende perfectamente la diferencia entre la crítica que busca reformar el sistema y la desesperación social que amenaza con destruirlo.
La carta de Ada Ferrer, historiadora ganadora del Premio Pulitzer, parece escrita desde una nostalgia imposible y desde la esperanza de que todavía exista un interlocutor racional dentro del aparato histórico del castrismo, aunque la continuidad, palabra favorita de Díaz-Canel, jamás significó continuidad de ideas y significó únicamente continuidad del mando, mientras el mando, cuando envejece dentro de sistemas cerrados, aprende a escuchar solamente aquello que garantiza su permanencia y desarrolla una capacidad extraordinaria para ignorar cualquier apelación moral que no altere el equilibrio interno del poder.
La carta termina pareciéndose a las misivas que algunos súbditos enviaban a los emperadores tardíos del Imperio austrohúngaro creyendo todavía en la bondad estatal del trono mientras el edificio entero comenzaba ya a desmoronarse, con la diferencia de que en el caso cubano la ruina no avanza entre valses imperiales y ceremonias vienesas, sino entre apagones, consignas exhaustas, migraciones masivas y una población que hace tiempo aprendió a sobrevivir desconfiando tanto del poder como de las promesas redentoras de la historia.








