Final del castrismo: entre la afirmación revolucionaria y el delirio interpretativo

El castrismo fue el tiro de gracia al desarrollo de estructuras económicas sólidas enunciadas en el período republicano que precisaban de desarrollo nacional, empujando el país a un empobrecimiento insensato y programado.
Bogaciones25/03/2026Julio LorenteJulio Lorente

Los fenómenos revolucionarios suelen depender, para establecerse como estructura política, del absoluto control narrativo. Lo que Friedrich Nietzsche llamó <<historia anticuaria>>1  o Max Weber definió como <<eterno ayer>>2 explica esta autorreferencialidad del hecho revolucionario que busca fijar en la historia un momento de génesis simbólica que sostiene todo su aparato institucional. Alternando discurso y monopolio de la violencia, indistintamente.

Desde 1868 hasta 1959 la narrativa revolucionaria castrista trazó una continuidad única en la que el socialismo, proclamado en 1961 como camino único del modelo cubano, actuó como la consagración de esa continuidad revolucionaria a todas luces inventada. No solo porque en los procesos revolucionarios cubanos hay discontinuidades internas y pugnas que hacen difícil una linealidad ideológica permanente y mucho menos histórica, sino porque el castrismo devino en un  sistema totalitario que diluyó dentro de su estructura cualquier capacidad de interpelar la narrativa unidireccional del socialismo autoritario.

Atrincherado en su discursividad de resistencia y fijando a Estados Unidos como un enemigo -falsamente- ontológico, el castrismo abortó con rapidez la posibilidad de crear un entramado productivo que sustentara su propia institucionalidad social y política, y es aquí donde su condición parasitaria queda fijada como estructura dependiente de la manutención extranjera absoluta. Esta característica, que es fundamental para entender la incapacidad de reforma o  <<cambios fraudes>> para este tipo de sistema donde la ideología por necesidad estructural tiene que sostener y hacer prevalecer la intransigencia política sobre la flexibilidad económica estable o el relativismo político aparente, hace que el edificio castrista dependa de una  verticalidad hegemónica total si pretende garantizar su principal razón de permanencia: el monopolio político.

Si se somete a un análisis desde el realismo político y la sociología del poder a esta paradójica arquitectura del poder castrista, que no suele ser entendida en su justa dimensión, podremos revelar que el castrismo es producto de una afirmación revolucionaria que se compone del control  narrativo y la intransigencia política y, sin estos elementos constitutivos, no puede sobrevivir.

De la economía parcial a la afirmación revolucionaria

La condición productiva de Cuba ha sido, históricamente, dependiente del monocultivo de la azúcar y alrededor de esta se ha articulado los vaivenes históricos y económicos de la realidad cubana; como rezaba la lapidaria expresión de la élites criollas <<Sin azúcar no hay país>>. La aristocracia criolla del siglo XVIII -sacarocracia- que luego sería rivalizada por la inmigración económica del siglo XIX, puesta en crisis por la emergencia de la azúcar de remolacha europea, los estragos de la guerra de independencia, las tarifas  McKinley y la ralentización  tecnológica,  posibilitó la posterior introducción del capital estadounidense luego del desenlace de la guerra hispano-estadounidense y su monopolio productivo fiscalizado desde la preferencia comercial. Como el Tratado de Reciprocidad Comercial de 1903, con preferencias arancelarias para los productos estadounidenses y el control de tierras cubanas, que ya para 1905 era de un 60 por ciento a favor de los estadounidenses. Esto creó  conflictos con la propiedad de la tierra y una masa laboral dependiente de la temporal producción de azúcar y enfrentados a los terratenientes, que mediante el favoritismo político y la apropiación forzosa de la tierra tensionaba el campo cubano con guerras civiles a escala y de baja intensidad por cuestiones de propiedad y producción.

WhatsApp Image 2025-07-31 at 13.23.5311J: reclamo contrarrevolucionario

A pesar de las reformas laborales, el sindicalismo y la organización política más matizada luego de la Revolución de 1933 la cuestión productiva e industrial de Cuba siguió lastrada por la parcialidad económica. Emergió una clase media con capacidad de articulación económica, es cierto, pero estuvo limitada por una economía de servicios donde la temporalidad y los vaivenes de la inmigración económica y especulativa marcaba el ritmo económico y sus implicaciones institucionales. Una clase media endeble que tuvo que plegarse al aparato político por un lado y, por el otro, a una frustración de clase que terminó consumida por las combustiones sociales y sus reclamos progresistas,  facilitando el radicalismo político que convergió en una revolución. Lo que llamó Jesús Díaz <<los suicidios de la burguesía cubana>>3 , expresa esta sintomatología sociológica de una clase económica pujante que no logró articularse políticamente con efectividad por su parcialidad económica y apatía política, lo que la empujó a plegarse a un peligroso populismo que terminó aniquilándola.

Las pugnas de la memoria entre el castrismo y el exilio provocadas por el comunismo totalitario, parten de afirmaciones historiográficas y simbólicas exaltadas para legitimar sus reclamos de legitimidad. El castrismo, caricaturizando las desproporciones reales entre el campo y la ciudad republicanos,  la concentración de riqueza y la inversión monopólica de Estados Unidos en relación con el capital nacional. El exilio, magnificando las postales de desarrollo urbano y cívico de Cuba, su gestión económica y su capacidad de autogestión. El castrismo miente y el exilio se pierde en una nostalgia exaltada. La Cuba republicana no emprendió un proceso de industrialización profunda que hubiera creado sólidas  y permanentes formas de desarrollo y diversificación que actuaran como contención ante  la deriva socialista y su radicalización comunista. 

Como ha demostrado sólidamente Ha-Joon Chang en su libro ¿
Qué fue del buen samaritano?4   un libre mercado sin un precedente de industrias competentes  o la diversificación y creación de industrias propias competitivas ante la irrupción de industrias, mercancías y capital extranjero a su vez, establece un endeble sistema económico que es dependiente estructuralmente y le resulta más difícil crear los equilibrios sociales  que permita una extensión  plena de la riqueza.  A pesar de la capitalización destacada de la Cuba republicana en la economía regional y mundial, su obstinada apuesta por el monocultivo, las contradicciones del sistema fiscal y su dependencia mayoritaria de la importación de productos que hubieran sido fácilmente sustituibles por una industria propia, malograron una ventaja material real y mayoritaria de efectos reales, provocando una negativa reacción política desentendida de la capacidades económicas en construcción y conflicto productivo.

Además del larvado trabajo del núcleo de inteligencia soviética y sus actores en la Cuba republicana, a pesar del malestar de Dwight D. Eisenhower con el escape fiscal, la evasión de impuestos y el traslado de capital de la Florida a Cuba que se tradujo en un apoyo a los revolucionarios y un retiro del respaldo a Batista, sucesos de impacto geopolítico en la fatalidad posterior de Cuba, la República y su real funcionalidad terminó consumida por sus incongruencias estructurales.

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El castrismo, ya establecido como facción ganadora dentro de la Revolución,  lejos de resolver estas cuestiones reconduciendo el país a una normalización democrática y a la aplicación de un nacionalismo sano de consecuencias productivas, industriales y focalizadas en una diversificación extensiva de las fuerzas productivas minimizando la dependencia económica especulativa, iniciada de manera limitada en la República, emprendió el camino burdo del comunismo. Nacionalizó arbitrariamente, entregó tierras sin orden ni plan y destruyó, como terrible consecuencia, la propiedad privada en función del colectivismo de Estado.

El castrismo fue el tiro de gracia al desarrollo de estructuras económicas sólidas enunciadas en el período republicano que precisaban de desarrollo nacional, empujando el país a un empobrecimiento insensato y programado que se selló con la zafra del los 10 millones, en 1970. Un desastre productivo que puso al país a  disposición permanente de la  manutención soviética y el rol de satélite ideológico y militar.

Quedó fijado así el esquema político del castrismo que hoy, en su crisis final, se  expone en su cruda imagen: producción ideológica intensiva mediante un Estado totalitario; simbolismo comunista utilizado como referente de una izquierda modélica y resistente; y parasitismo crónico que se sostiene mediante el monopolio político absoluto. Fuera de este esquema, no hay posibilidad de sobrevivencia para este régimen agotado en sus inicios y sostenido por la fuerza represiva, justificada desde la confrontación histórica/histriónica con otra nación: Estados Unidos.

El castrismo verticalizó la sociedad cubana dentro de una estructura cerrada. Destruyó cualquier anclaje metafísico de justificación simbólica; razón, historia, nación, para funcionar no como orden sino como proceso de entropía ideológica que no funda, consume. No gobierna, destruye. No articula la política desde la fundación de lo posible, sino desde la administración del despojo. Es entonces cuando la afirmación revolucionaria emerge como única posibilidad electiva: muerte colectiva a cambio de sostener un modelo político intransigente e irreformable.

Notas para encausar el delirio interpretativo

El  3 de enero del 2026 el gobierno de Donald Trump  asestó un golpe  categórico a la izquierda regional: la extracción profiláctica del dictador venezolano Nicolás Maduro. El efecto en cadena se hizo sentir con la eliminación de 32 mercenarios cubanos que participaban en la custodia del dictador, dejando en evidencia pública la penetración profunda del castrismo en la estructura del poder venezolano.

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A partir de ahí se aceleró la presión política y económica sobre el régimen comunista de Cuba, presión que no ha hecho más que revelar la estructura ineficiente y disparatada del sistema totalitario que oprime a los cubanos hace 67 años. 

En el actual escenario de colapso estructural del sistema castrista producto de una acumulación nociva de improductividad,  represión política,  totalitarismo institucional y presión real de la administración Trump han surgido una multitud de interpretaciones que van desde la esperanza hasta la suspicacia. Unos, imaginan un escenario político impoluto en la que una oposición con una supuesta  capacidad de articulación ciudadana toma el poder y gobierna en un crisol de pluripartidismo. Otros, proyectan cambios fraudes, reformas superficiales y transformaciones al estilo Ruso o Chino en la que que la cúpula castrista logra mutar a una tecnocracia hegemónica con McDonald's. Todo esto inducido por  filtraciones noticiosas de supuestas negociaciones que, más que reales, pretenden fijar imaginarios políticos.

En una lectura realista y desde un pragmatismo geopolítico Cuba representa un medio operativo en la estrategia de Donald Trump no un fin moral, y esto hay que tenerlo bien claro. Y en este sentido la intención va siendo cambiar el eje de presión para que los adversarios políticos de Trump sean neutralizados por la velocidad de resolución de conflictos que no operan en los tiempos del burocratismo diplomático, sino por el impacto mediático determinado por una racionalidad escénica del hecho político, no sistémica. Por lo tanto, desde el narcisismo de Trump, que es funcional, una solución de la situación cubana permitiría una victoria  simbólica definitiva sobre Kennedy y la Crisis de los Misiles de 1962. Situación irresuelta en el imaginario político estadounidense.

Esto establece jerarquías claras en las estrategias políticas de la administración estadounidense que no pueden ser reducidas a abstracciones éticas -libertad de los pueblos-, más bien a la funcionalidad simbólica de este proceso de cambio histórico significante -destrucción del longevo régimen comunista de Cuba- dentro  de  un esquema de poder que no opera dese la moralidad política sino desde el control administrativo y la victoria narrativa y, en este sentido, la utilidad de la permanencia del castrismo es poco funcional en este esquema de poder.

Cuando un sistema de naturaleza totalitaria comienza su proceso de decadencia acelerada y colapso, perdiendo también en el proceso su control narrativo, más justificaciones simbólicas se usan para su permanencia y, por consecuencia, más teatral se vuelve su política. Pero también más inciertas se vuelven las lecturas que pronostican su final, pues parece como si la liberalización del discurso y la posibilidad de interpelar el monopolio discursivo se hiciera desde la presunción literaria y no desde el realismo analítico, que facilita exponer la descomposición estructural. 

Captura de pantalla 2026-03-19 a la(s) 6.01.54 p.m.Antes de que caiga la dictadura: basta de hipocresía con Cuba


Un error metodológico habitual es confundir piscología y geoestrategia con ideología. La ideología opera desde marcos descriptivos claros, burocracia vertical y lenguaje moral universal. Todos estos recursos son poco útiles en la actualidad pues no pertenecen a la volatilidad del poder actual, donde el conflicto ideológico ha sido sustituido por un operatoria transaccional de impacto inmediato, y, a su vez, esta volatilidad de efectos financieros permite la resolución de conflictos que establecen jerarquías claras que dejan la convicción narrativa sin funcionalidad operativa, en tanto relato consumido por el realismo político. 

El comunismo cubano depende de una estabilidad del sistema, propio e internacional, para poder lidiar con su falla constitutiva que advertíamos al principio: parasitismo crónico. Y  es precisamente por esta característica medular que está en un callejón sin salida de la que no podrá escapar sin derribar su control totalitario, de seguir la presión de la administración Trump.  Los comunismos célebres, tanto el soviético como el chino, a pesar de sus problemas de represión y cálculo económico consustanciales a esta ideología, desataron fuerzas productivas reales al margen de su verticalidad que permitieron el autosustento y por tanto sus posibilidades de reforma, de la que China emergió victoriosa6 permitiendo un capitalismo de base productivo y un control partidista en la cima. Por otra parte, el edificio soviético colapsó por la gravedad final de sus inmovilismo económico y las pugnas internas abiertas desde tiempos de Nikita Jrushchov, precipitado finalmente por la figura de Mijaíl Gorbachov. 

El castrismo no cumple con ninguna de estas características estructurales que le permitan una reconversión exitosa de sus élites parasitarias en tecnócratas con control normativo de una liberalización económica extensiva. El castrismo no tiene pugnas internas pues aun es una sola facción: los castros. No tiene mecanismos de autosustento. No tiene un entramado industrial propio que facilite la emergencia de oligarcas controladores de aparatos productivos mediante privatización transaccional. Y para colmos de sus males, a noventa millas de sus costas, un exilio cubano con capacidad millonaria de inversión que puede constituirse rápidamente, con una fiscalización blindada desde Estados Unidos para evitar expropiaciones, en una fuerza de reconstrucción de infraestructura sin mediación o control político. Es decir, un sistema que precisa del control político incuestionable sin base productiva, no puede reformarse ni establecer ningún cambio fraude sin perder su propia garantía de supervivencia en el intento. 

El colapso sistémico del castrismo es real y aunque conserve el poder nominal ha perdido la capacidad de traducirlos en resultados estratégicos coherentes, pues es un sistema desfasado instalado aun en una lógica política de Guerra Fría. La presión de Trump no ha provocado un error en el sistema castrista sino la revelación coherente de un  colapso inherente a su deficiente e incapaz modelo operativo.  Y ante este escenario ha elegido el comunismo cubano, precisamente por su incapacidad de reforma, el lenguaje de la confrontación, la represión y la rigidez doctrinal.

Queda por ver si la presión de la administración estadounidense persiste y lleva al desenlace de colapso controlado inevitable. Lo cierto es que el castrismo, por un exceso de abstracción, lee a Trump como un ideólogo y este escenario de confrontación épica solo activa la psicología pragmática del empresario: win to win. 

Y en este sentido el pensamiento y la acción no son ideológicos, son concretos; no son doctrinarios, son transaccionales. Y la culminación efectiva de este proceso debería resultar en el triunfo de una política real, no moral: un cartel lumínico que diga Trump Tower sobre la Plaza de la Revolución; otrora Plaza  Cívica. 

unnamedEscatología, necrofilia y antropofagia: el cuerpo muerto de una nación

Referencias

1- Friedrich Nietzche, Segunda Consideración Intempestiva, Libros del Zorzal,2006.

2- Max Weber, La política como vocación, 1919.

3- Jesús Díaz, Los suicidios de la burguesía cubana y el dilema futuro, Revista Encuentro #23, 2001-2002.

4- Ha-Joon Chang, ¿Qué fue del buen samaritano?, Naciones ricas, políticas pobres, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2009. 

5- Ver: César Reynel Aguilera, El Soviet Caribeño, Editorial Lendel, 2023 y Servando González, La CIA, Fidel Castro, El Bogotazo y El Nuevo Orden Mundial, Spooks Books, 2012.

6- En el caso chino no se puede obviar una poderosa tradición milenaria de comercio exitoso y verticalidad política aceptada como ethos político y cultural. Hacia el siglo XIX, antes de las Guerras del Opio, China controlaba el 40 porciento del trasiego del comercio mundial.

julio lorente
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