Alarma en Cuba: buques de guerra al norte de la isla y la dictadura tiembla

A Rubio le interesa saber cómo reaccionarían los cubanos dentro de la isla ante un escenario de presión real -no de retórica-, cómo reaccionaría el exilio, la opinión pública estadounidense, los gobiernos latinoamericanos, y qué papel jugarían Rusia y China

Autores08/01/2026Luis Leonel LeonLuis Leonel Leon
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Estados Unidos ha reubicado al norte de Cuba dos de sus buques de guerra que operaban previamente cerca de Venezuela, lo cual ha hecho que crezcan las alarmas y el temor dentro del régimen castrista, así como las expectativas y especulaciones fuera de la isla. Incluso se han reavivado antiguas esperanzas. ¿A qué se debe este reposicionamiento militar? ¿Y qué podría suceder? 

Aunque hasta el momento no se han realizado declaraciones oficiales por parte de Washington ni de La Habana, lo cierto es que sobre la cuerda floja que une a la geopolítica con las acciones militares no se hacen movimientos inocentes: todo responde a cálculos, tácticas e intereses. Y claro, tratándose de Estados Unidos y Cuba, la etapa de suspenso puede pasar a una fase dos de la operación militar, ir de una chispa a un gran incendio o, simplemente, apagarse con un nada nuevo soplo de aire. Aún hay que esperar para asegurar el futuro inmediato de la estrategia del gobierno de Donald Trump y, en especial, de quien considero el principal estratega: el secretario de Estado, Marco Rubio.

Vayamos a los hechos. Tras la captura del dictador narcotraficante Nicolás Maduro, Estados Unidos ha reducido su presencia naval frente a Venezuela, pero no ha abandonado la región. Según reportó The Washington Post, el USS Iwo Jima y el USS San Antonio han sido reubicados en aguas al norte de Cuba, mientras que la Fuerza Aérea estadounidense también ha retirado parte de sus activos del epicentro venezolano. Hasta el momento no se trata de una retirada, sino de un reposicionamiento. No olvidemos que, en estrategia militar, eso suele significar una cosa muy concreta: la misión no ha terminado. Cuando hay retirada, se anuncia; pero no se anuncia una fase dos ni se avisa un ataque.

Es cierto que los buques estadounidenses se movieron de Venezuela para llevar a Maduro a Estados Unidos, pero fueron reposicionados al norte de Cuba como parte del ajuste de fuerzas después de la misión principal. ¿Si el único objetivo hubiera sido transportar a Maduro, el movimiento naval habría sido visible y prolongado, o para eso bastaba un traslado aéreo directo, discreto y rápido? Podemos pensar que el desplazamiento posterior de los buques no responde a logística, sino a postura militar. Según el lenguaje estratégico, la misión no se disuelve: cambia o sigue su curso.

Vale acotar que el norte de Cuba no es un punto neutro. Colocar activos navales al norte de Cuba tiene tres lecturas claras: primero, el control del eje Caribe–Atlántico; luego, aumentar la capacidad de respuesta inmediata hacia Cuba; y, tercero —y no menos importante—, una señal directa al régimen de La Habana sin necesidad de realizar declaraciones oficiales. En geopolítica, la proximidad sustituye al discurso. El mensaje a Cuba es claro y la dictadura comprende perfectamente ese lenguaje, diferente al de las ruedas de prensa: Venezuela no es intocable y Cuba está en la mira. No se trata de anunciar una invasión, sino de romper la frágil sensación y propaganda de sempiterna impunidad del castrismo.  

En La Habana, mientras tanto, se respira un silencio espeso. No es calma ni seguridad, sino expectativa nerviosa. Desde la isla se reportan movimientos militares poco habituales: citaciones a reservistas de las Fuerzas Armadas, despliegues de tropas que hasta el momento buscan no crear alarmismo popular, y una narrativa oficial que, como siempre, intenta desviar las miradas hacia otro lado. El medio oficialista Cubadebate insiste en los “logros revolucionarios”, habla de supuestas decenas de muertos tras la entrada de fuerzas especiales estadounidenses en Venezuela, celebra el regreso de los llamados “colaboradores de la salud” —ese eufemismo cínico con el que el régimen disfraza el trabajo esclavo de médicos cubanos traficados como mercancía también política—, y afirma que Rubio ha asegurado al Congreso que la prioridad de EE. UU. es comprar Groenlandia, no invadirla. En fin, ni una palabra acerca del movimiento de los buques y de lo que esto podría significar.

¿Y si la administración Trump —con Rubio como artífice y voz más dura y coherente enfrentado al eje castrochavista— está midiendo reacciones? A Rubio le interesa saber cómo reaccionarían los cubanos dentro de la isla ante un escenario de presión real —no de retórica—, cómo reaccionaría el exilio, acostumbrado a promesas incumplidas y décadas de espera, cómo reaccionaría la opinión pública estadounidense tras ver que un régimen aliado de La Habana cayó no por negociaciones eternas, sino por acción directa, y qué harían los gobiernos latinoamericanos, muchos de ellos cómplices silenciosos del castrismo. Además, qué papel jugarían Rusia y China, hoy más interesadas en administrar costos que en defender ruinas ideológicas. 

Estas preguntas no son ejercicios intelectuales ni de politología en tiempos de incertidumbre y giros inesperados. Son variables que pueden estarse calculando ahora mismo en los despachos donde se toman las decisiones reales más importantes: esas que cambian el curso de la historia. 

¿La reubicación de estos buques de guerra es una forma de mostrar las armas —letales, usadas ya en Venezuela— para impulsar una negociación? ¿Quiere Estados Unidos provocar un cambio de régimen en Venezuela y Cuba de manera paulatina y al unísono, mediante una transición lenta pero segura, dejando en una primera etapa a algunos operadores del castrochavismo (los hermanos Rodríguez en Venezuela) para evitar un caos insostenible en la región? ¿Con quiénes podrían negociar en Cuba? ¿Puede la isla ser el próxima blanco? Por supuesto que esta ocasión debería aprovecharse al máximo para cortarle la cabeza a la serpiente venenosa. Durante años se nos repitió el mismo argumento: que Cuba es diferente, que no tiene petróleo ni grandes recursos minerales, que no se justifican los riesgos, que el tiempo haría el trabajo. Y desde hace más de seis décadas, nada o casi nada ha cambiado la naturaleza ni las acciones de la dictadura desestabilizadora de todo el hemisferio. 

Ya es hora de cambiar. Esos pobres y desvergonzados relatos se resquebrajaron cuando el líder del principal sostén externo del castrismo fue esposado y no saldrá de la cárcel gracias a la intervención de Trump. Venezuela no era solo un aliado: era el pulmón financiero, energético y logístico del régimen cubano. Sin Caracas, La Habana vuelve a su estado natural: un poder envejecido, empobrecido y sostenido por el miedo, la demagogia y la represión interna. El pueblo cubano, después del 11 de julio de 2021, comenzó a saberlo. Y ahora, después del 3 de enero, debe comprenderlo mucho mejor. 

La pregunta incómoda y, a la vez, esperanzadora se hace inevitable: ¿Ordenaría Trump una operación militar para provocar el cambio largo y tortuoso que los cubanos anhelan? Ahora mismo nadie —a no ser la Casa Blanca— puede afirmarlo, pero tampoco puede descartarse. Estados Unidos, con Trump y Rubio, ya demostró que está dispuesto a cruzar líneas que antes se consideraban intocables. Y cuando una superpotencia cambia sus reglas internas, los regímenes autoritarios lo saben antes que nadie. Por eso tiemblan en La Habana, aunque no se atrevan a decirlo con claridad. 

BIO LLL

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