La revolución como espectáculo: turistas ideológicos y élites del privilegio

Su sistema fallido nunca eliminó las clases sociales, tan sólo las reorganizó a su conveniencia para blindarse. Y ahí están, visibles, impunes, creyéndose intocables. Pero el Muro de Berlín también puede caer en La Habana 
BOGACIONES29 de marzo de 2026Luis Leonel LeonLuis Leonel Leon
Captura de pantalla 2026-03-30 a la(s) 9.03.52 p.m.

Hay una constante, casi estructural, en la historia de los regímenes totalitarios: necesitan no solo un férreo control interno, sino también una validación externa proveniente tanto de sus pares ideológicos como de un variopinto coro de entusiastas. La represión por sí sola no es suficiente. Debe ir acompañada de una macabra seducción, casi siempre travestida de resistencia, heroísmo, arengas sobre la igualdad —en realidad, igualitarismo— y una supuesta “justicia social”, también victimismo revolucionario y, claro, nunca puede faltar el resentimiento “antiimperialista” —eufemismo con el que la izquierda encubre al rencor sistemático hacia Estados Unidos—. Y es gracias a esa doble operación —coerción y relato— que estos sistemas logran sostener su supervivencia. 

Cuba es un ejemplo innegable. Durante décadas, el castrismo ha perfeccionado ese mecanismo hasta convertirlo en una verdadera industria simbólica: la exportación constante del mito revolucionario. A esa puesta en escena, además de representantes de gobiernos afines, son invitados una y otra vez actores internacionales que funcionan como voceros, para-embajadores y un contingente de agentes legitimadores, lo mismo permanentes que ocasionales, muchos pagados, algunos chantajeados y nunca faltan los voluntarios. El Convoy Nuestra América, o la llamada flotilla comunista, que en marzo arribó a La Habana, es prueba de ello.

No es fortuito que políticos como Pablo Iglesias, activistas globales como Greta Thunberg o influencers ideológicos como Hasan Piker, junto a otras marionetas beneficiarias de la izquierda globalista, lleguen a la isla no para entenderla, sino para representarla. Ninguno de estos personajes tiene la intención, y mucho menos la honestidad, de observar y atreverse a decir una pizca de verdad: sólo interpretan el guion trampeado. Rechazan investigan lo que podría desmontarles el relato. Ni siquiera muestran empatía. Reproducen el panfleto dictatorial y, para colmo, lo hacen desde espacios de privilegio cuidadosamente diseñados por el propio sistema que dicen admirar, cuando en realidad son operadores y, sobre todo, vividores, no tanto del sistema como de su propaganda (que ojo, no es lo mismo). 

En términos sociológicos y comunicacionales, estas máscaras ideológicas no funcionan desde todos los ángulos ni, mucho menos, duran para siempre. Los contextos sociopolíticos influyen en su desenmascaramiento o en su permanencia mitológica. Pero hay una escena que, desde los primeros años de la dictadura, se repite con una precisión casi coreográfica: activistas extranjeros desembarcan en La Habana para aplaudir una revolución que no sufren. Sobre todo se juntan en el puesto de mando de la subversión hemisférica cuando el fracasado modelo castrista atraviesa graves crisis. Entonces son convocados para montar, en la isla símbolo del aguerrido comunismo, un espectáculo que cada vez menos cubanos se creen. Y es que durante décadas se les ha visto llegar no con ayuda real para el pueblo, sino con un obtuso cargamento de consignas prefabricadas —dignidad, resistencia, justicia social— que, por supuesto, declaman desde lugares vedados al cubano de a pie. La Cuba real —la de los apagones interminables, la escasez crónica, el hambre, la muerte en hospitales ruinosos y el salario reducido a cenizas que caen sobre el cansancio de la isla— queda fuera del encuadre. Al unísono, las máscaras y la parafernalia socialistoide se derriten con el verdadero calor del trópico. 

OBRA JULIO LORENTE -  ''Magic Mirror'' (2022) óleo:lienzo, 63 x 57 CMFinal del castrismo: entre la afirmación revolucionaria y el delirio interpretativo

No se trata de visitantes ingenuos ni de turistas desinformados. Pablo Iglesias no es un curioso de paso, sino un operador político formado en la tradición del poder ideológico, que ha hecho carrera defendiendo modelos que, en la práctica, aniquilan las libertades y los derechos individuales, crean desestabilización y empobrecen países prósperos. La presencia en Cuba de este político español no es anecdótica. Es coherente con una visión del mundo donde el relato pesa más que la realidad y donde el fracaso económico puede maquillarse si sirve a una causa política mayor. 

¿Quién, sin violentar el sentido común, puede negar las escandalosas contradicciones y el abismo obsceno entre los cantos de sirena y la vida privilegiada de la élite que defiende, blanquea y promueve el socialismo? Iglesias, que prometió vivir como la gente común, terminó instalado en un chalet en uno de los barrios “aristocráticos” que antes criticaba, junto a su esposa, Irene Montero, figura del mismo aparato político y actual ministra —ironías populistas—de Igualdad de España. Ambos viven del sistema que dicen cuestionar. Y claro que esto no es una excepción, sino un patrón a flor de piel. La retórica de la igualdad sirve para conquistar poder. El poder sirve para vivir al nivel de aquello que se denunciaba, pero sin producir beneficios más allá de su casta. Entretanto, los sermones de la falsa igualdad —en realidad, igualitarismo— son pasto para confundir a adeptos y mantener un estatus de casta política. 

Greta Thunberg, por su parte, representa otra variante del mismo fenómeno: el activismo global convertido en marca, aunque en su caso se trate de una marca anoréxica, en el sentido de una narrativa adelgazada, reducida a lo elemental, ligera de contenido y sobredimensionada en exposición, funcional a un circuito mediático que premia la consigna por encima del pensamiento. Su retórica, construida sobre causas aparentemente legítimas, se desplaza con facilidad hacia escenarios donde la complejidad política se traduce en eslóganes. Cuba, en ese sentido, funciona como escenografía útil: un lugar donde se puede denunciar al “sistema global” sin confrontar directamente las responsabilidades internas de una dictadura que controla cada aspecto de la vida nacional. 

Y también, entre otros personajes de similar formación y calaña, está Hasan Piker, el influencer ideológico por excelencia: producto de la cultura digital, amplificador de narrativas adulteradas, cómodo en la estética de la rebeldía sin costo. Su paso por Cuba no responde a un ejercicio de mínimo análisis, sino a la necesidad de contenido que confirme su audiencia. No busca entender el país, sino encajarlo en un guion previo para justificar su infame argumentario y continuar sacándole beneficios. Su pose, al final, es parte del kitsch político o ideológico, marcado por el rechazo a la complejidad, sentimentalismo forzado, sustitución del pensamiento crítico por una emoción colectiva y ocultamiento de la realidad, entre otras características que Milán Kundera describe en La insoportable levedad del ser. 

El discurso y la postura de estos personajes no es, vale insistir, producto de la ingenuidad. Es un cóctel de voluntad y desvergüenza, perfecto para brindar en los hoteles del neocastrismo donde se hospedaron. En sus primeras décadas, la revolución cubana habría tenido contingentes de hombres nuevos apoyándoles, pero hoy no son pocos lo que ya no se esconden para expresar: "todos estos comunistas que viven en el capitalismo y vienen aquí a pedirnos resistencia son unos descarados". Ya no les creen. Los cubanos conocen a lo que vienen y el carnaval que se montan. Ven lo que necesitan ver, porque de esa ficción depende su identidad política. Es la revolución convertida en streaming: consumo rápido, indignación selectiva y cero consecuencias personales. Siempre la demagogia para manipular a quienes realmente producen, a quienes sostienen sociedades abiertas con su trabajo y a quienes esa izquierda seudointelectual —woke y profundamente clasista— desprecia precisamente por eso, porque representan un éxito real, no hueco, inflado, falseado ni propagandístico. Logros gracias al esfuerzo. 

Captura de pantalla 2026-01-08 a la(s) 5.35.00 p.m.Los barcos estadounidenses al norte de Cuba sugieren un cambio de foco

La realidad se impone. Al final, no hay preocupación real por “los trabajadores”. Hay una casta que odia a otras castas. Tampoco hay revolución. Hay continuidad del poder por otras vías. Es, en términos claros, la consolidación de una élite del privilegio que concentra acceso, poder y recursos en nombre de una supuesta igualdad. Su sistema fallido nunca eliminó las clases sociales, tan sólo las reorganizó a su conveniencia para blindarse. Y ahí están, visibles, impunes, creyéndose intocables. Pero el Muro de Berlín también puede caer, 4 décadas después, en La Habana. 

Una Habana irreconocible hasta para los habaneros. Y que, por cierto, ya no es el único escenario de este vergonzoso teatro. Lo que hemos visto recientemente con la llamada marcha “No King” en Nueva York no es una excepción. Es el mismo libreto ejecutado con mayor descaro. Movilizaciones que se venden como espontáneas y ciudadanas, pero que en realidad responden a financiamiento, coordinación y agendas ideológicas perfectamente diseñadas. La causa visible es apenas el envoltorio. Lo esencial ocurre detrás: construcción de relato, manipulación emocional y direccionamiento político. No estamos ante protesta libre, sino ante un caso reconocible y ampliamente estudiado de movilización inducida, donde la acción colectiva se articula desde marcos narrativos diseñados para producir efectos políticos concretos, tal como han explicado David Snow y Robert Benford, sociólogos estadounidenses especializados en movimientos sociales y desarrolladores de la teoría del encuadre (framing). 

No en balde, diversos reportes en medios internacionales, investigaciones periodísticas y coberturas recientes han señalado que organizaciones clave en la coordinación de estas marchas forman parte de redes amplias de activismo político con financiamiento estructurado. En particular, se ha documentado el papel de grupos como Indivisible, organización que ha recibido fondos de Open Society Foundations, la red impulsada por George Soros, y que ha actuado como coordinador en movilizaciones del tipo “No Kings”. A esto se suma la participación de cientos de organizaciones con recursos millonarios y agendas compartidas, lo que sitúa estas protestas no en la espontaneidad que proclaman, sino en un ecosistema organizado de activismo político con estrategia, narrativa y dirección.

Y, como no podía ser de otra manera, las propias fundaciones de Soros alegan que no financian protestas directamente, sino organizaciones que luego actúan de forma independiente. Puras piruetas discursivas para quien no esté informado o, peor aún, para quien prefiera bailar, en estas marchas, al ritmo de una conveniente desinformación.

En esos escenarios reaparece, con toda su vigencia, esa figura que Vladimir Lenin definió con crudeza como los “tontos útiles”. Sujetos que, creyendo actuar desde una posición moral autónoma, operan en realidad como vectores de legitimación de estructuras de poder que no controlan. En términos contemporáneos, esto se vincula con lo que la teoría política denomina “agencia instrumentalizada”: actores sociales cuya acción es absorbida y redirigida por marcos ideológicos dominantes sin plena conciencia de su función dentro del sistema, en línea con lo que desarrolló Antonio Gramsci en su teoría de la hegemonía cultural. No es solo infantilismo de la izquierda posleninista y woke. Es funcionalidad estructural.

A esto se suma un fenómeno particularmente delicado en el contexto actual: la emergencia de discursos que, bajo la apariencia de justicia social, reproducen formas de discriminación selectiva. Algo que algunos autores han descrito como “racismo inverso” y el resurgimiento de un antisemitismo reconfigurado, donde el rechazo ya no se articula en términos tradicionales, sino a través de narrativas políticas que demonizan de forma colectiva y simplificada, como analizaron Hannah Arendt, filósofa alemana que estudió el totalitarismo, y Pierre-André Taguieff, politólogo francés especializado en racismo y antisemitismo contemporáneo. En estos marcos, la indignación moral se convierte en vehículo de exclusión y la causa pierde su fundamento ético para transformarse en herramienta de polarización. 

Captura de pantalla 2026-01-08 a la(s) 11.25.16 a.m.Alarma en Cuba: buques de guerra al norte de la isla y la dictadura tiembla

El paralelismo con Cuba es inevitable. Actores externos, causas prefabricadas, escenografía política, entusiastas acríticos, entre la desinformación y el adoctrinamiento. Y en el centro de todo, una verdad deliberadamente expulsada del encuadre. Lo que se presenta como conciencia global es, en muchos casos, activismo dirigido bajo lógicas de hegemonía cultural y construcción simbólica del conflicto. Lo inquietante no es que ocurra, pues ha sucedido siempre, sino que continúe funcionando en sociedades que se presumen informadas. Porque el problema no es la existencia del relato, sino la persistencia de quienes deciden habitarlo, incluso cuando la realidad lo ha desmentido una y otra vez. Sin embargo, no es un laberinto sin salida. A quienes, desde fuera, aún permanecen atrapados en ese discurso empaquetado por el sistema, les bastaría mirar un poco más abajo, donde no llegan las consignas ni las cámaras oficialistas, para comprenderlo todo. Podría ser un ejercicio incómodo, incluso doloroso, pero inevitablemente revelador. 

La mayoría de los aplaudidores externos del comunismo no comprenden que se trata de un sistema que, como explicó Antonio Escohotado, no elimina las jerarquías, sino que las reemplaza por otras más opacas y siempre más violentas. Su prometida igualdad, según el filósofo español, siempre termina organizando la obediencia y administrando la escasez y el miedo. En Cuba, las ideas de Escohotado no son una tesis. Es la síntesis de la durísima vida cotidiana. Es la estructura misma del país. El contraste ya no se puede esconder ni con propaganda ni con turistas ideológicos, entusiastas partidarios de la resistencia y el sufrimiento ajeno. Mientras estos fantoches llegan a consumir y producir relato en hoteles que el cubano a veces no puede ni mirar desde dentro, nuestros compatriotas sobreviven en una economía rota, improductiva y sostenida por privilegios para unos pocos. Así se presenta la revolución como escenario. Y en momentos como los actuales, bajo las presiones de Donald Trump y Marco Rubio, el castrismo necesita público extranjero para seguir vendiendo su ficción. 

Pero, leyendo las protestas populares en la isla y las declaraciones contestatarias que crecen en las redes sociales, podemos afirmar que una buena parte de los cubanos ya no se obnubila con esta puesta en escena. Poco a poco han conseguido pensar y actuar fuera de la caja totalitaria y comprender el destartalado teatro revolucionario en que nacieron. Es precisamente ahí donde comienza a emerger una marea de sentimientos antitotalitarios y un movimiento que el relato oficial no puede controlar: una nueva generación de jóvenes cubanos, que ya no cargan con la fe ideológica del socialismo ni con la nostalgia revolucionaria de sus mayores. 

Desde la sociología del conocimiento, este fenómeno puede interpretarse a la luz del concepto de “unidad generacional” formulado por Karl Mannheim, quien distingue entre la mera coincidencia cronológica y la formación de grupos que, atravesados por una misma experiencia histórica, desarrollan una conciencia compartida y respuestas diferenciadas frente a su tiempo. En el caso cubano, no asistimos simplemente a un relevo generacional, sino a la emergencia de una de esas unidades: sujetos socializados no en la promesa del proyecto revolucionario, sino en su progresivo agotamiento, su deterioro material y su pérdida de legitimidad simbólica. Esta condición no solo altera su percepción de la realidad, sino que reconfigura sus marcos de interpretación, produciendo una ruptura que no es ya estrictamente ideológica, sino de carácter existencial.

En ese desplazamiento, comienza a articularse una respuesta ética y cultural propia que, en numerosos casos, encuentra en la vivencia cristiana un anclaje decisivo: no como refugio pasivo, sino como fuente de afirmación de la dignidad individual, de límites al poder y de resistencia frente a la pretensión totalizante del Estado. De ahí que esta nueva sensibilidad pueda leerse, con cautela pero sin forzar la analogía, como una forma incipiente de cristianismo libertario, donde la fe no legitima el orden político, sino que lo interpela y lo desafía desde una ética de libertad.

Captura de pantalla 2026-03-16 a la(s) 1.54.00 p.m.Cuba en tensión y Sheinbaum da marcha atrás con el petróleo

Jóvenes que han crecido entre ruinas, apagones y promesas incumplidas, y que, lejos de abrazar las fórmulas recicladas del marxismo o sus versiones posmodernas más hipócritas, han encontrado en el cristianismo —a veces desde una sensibilidad libertaria, otras desde una afirmación conservadora— un marco moral desde el cual resistir, cuestionar y oponerse. En términos de teoría política, esto puede leerse como una reconfiguración de la legitimidad: cuando el Estado pierde su capacidad de ofrecer sentido, otros sistemas simbólicos ocupan ese vacío, como explicaron Peter Berger y Thomas Luckmann, sociólogos de la construcción social de la realidad, al analizar cómo las sociedades generan y sostienen sus propios universos de significado.

No es casual que nombres como Fuera de la Caja, El 4tico, Ana Bensi, Iván Daniel, David Espinosa y otros estén hoy bajo vigilancia, sometidos a diversos mecanismos represivos e incluso a amenazas de cárcel para ellos y sus familias con el claro propósito de silenciarlos y frenar, quizás inútilmente, lo inevitable: que sus voces se conviertan en motor de un verdadero cambio sociopolítico en Cuba. A estos jóvenes, de entre 20 y 25 años, no se les persigue únicamente por lo que dicen, sino por lo que encarnan: una ruptura generacional, espiritual e intelectual con el relato oficial del poder. Desde el análisis de los regímenes autoritarios, esto responde a un patrón bien documentado: la represión selectiva de aquellos actores capaces de erosionar la hegemonía cultural del sistema. 

Mientras los defensores de la dictadura aterrizan en Cuba para dictar cátedra sobre la vida de los cubanos, una generación emergente de jóvenes anticomunistas —bajo censura, vigilancia y terror de Estado— desmantela, en minutos, la retórica complaciente de la izquierda internacional. No se trata solo de discurso: se trata de una confrontación directa con el andamiaje ideológico que ha sostenido al poder durante décadas. Por eso, no son las protestas de carácter epidérmico o por  las que inquietan al establishment, sino la claridad y coherencia de un pensamiento que no admite simulacros ni concesiones. En ese núcleo de ideas —articulado, firme y cada vez más difundido— reside el verdadero peligro para el régimen: la posibilidad real de encender una conciencia colectiva capaz de organizar, sostener y llevar hasta sus últimas consecuencias una manifestación de alcance nacional, que sea el corazón de un cambio sociopolítico profundo. 

Gramsci —no por gusto uno de los referentes de la nueva izquierda— entendió que el poder no se sostiene solo por la fuerza, sino por su capacidad de moldear el “sentido común” y convertirlo en consenso social. Y es precisamente en esa intersección donde este movimiento de jóvenes anticomunistas, libertarios, conservadores y cristianos, resulta especialmente disruptivo: ellos no necesitan construir un discurso alternativo para subvertir la realidad. Tampoco necesitan explicarle a sus coterráneos las carencias que les perturban ni señalar a los culpables. Aunque sean blanco constante de la represión, son internamente libres y no se les puede convencer de lo contrario. No responden a la lógica de la nueva izquierda global, ni reproducen sus consignas identitarias o victimistas. Tampoco encajan en el molde del activismo dirigido. Son, más bien, la expresión de una reacción orgánica frente al fracaso integral de un sistema que lo ha controlado todo y ha erosionado casi todo. En términos contemporáneos, esto puede entenderse como un proceso de desalineación ideológica: el momento en que las narrativas oficiales pierden su capacidad de interpelar a nuevas cohortes sociales. 

Para una buena parte de los cubanos, y en especial para estos jóvenes, no hay ni nunca existió la Cuba que los promotores de la dictadura intentan vender a nivel internacional. La realidad, cada vez más, se impone al discurso. No hay espectáculo, ni mucho menos un supuesto paraíso revolucionario acosado por el capitalismo: hay una estela de crímenes, un régimen que persigue y una simulación incómoda de la que a veces es difícil escapar, pero no imposible. La buena noticia es que, cuando la simulación pierde creyentes, se convierte en evidencia. Porque todo relato tiene un límite: la realidad. Cuba, aunque la conviertan en teatro, e incluso lo sea para algunos, muestra con crudeza lo que ocurre cuando los individuos quedan atrapados por el socialismo real. Cuba —despojada de consignas, de turistas ideológicos y de escenografías vacías— ha dejado de ser símbolo para convertirse en advertencia.

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