
Desmontaje crítico del Informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba

Resulta preocupante y lacerante que, en las condiciones actuales de Cuba, donde el pueblo de la Isla sufre la más cruel agresión genocida de su historia por parte de la tiranía que durante tantas décadas le ha privado de dignidad y derechos, aparezcan personas e instituciones supuestamente comprometidas con valores democráticos proyectando una visión distorsionada y banal de una realidad crítica y desesperada.
En tantas décadas de coerción, terror, adoctrinamiento, desinformación y manipulación paternalista, el régimen ha logrado imponer un desquiciamiento cívico e intelectual que impide a un amplio segmento de la sociedad penetrar y discernir las causas y las claves estructurales y culturales de la tragedia sociovivencial que padece. Por lo general, los cubanos describen anecdóticamente sus penurias y carencias sin llegar a metabolizar conceptualmente la esencia de la atrofia sistémica que degrada a la nación. A eso se une la normalización consuetudinaria de niveles de subsistencia material cada vez más bajos, lo cual afianza el control dictatorial y las capacidades de maniobra del régimen, a la vez que limita considerablemente la capacidad de respuesta y exigencia de una población cívicamente desarmada.
En estas condiciones resulta impactante, aunque no sorprendente, el espíritu y la dinámica argumental que nos presenta el “Informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba”, en el cual un grupo de reputados académicos y especialistas proyecta una imagen totalmente distorsionada e incompleta de la realidad de la Isla que, en última instancia, omite las causas estructurales de la tragedia cubana y desplaza el centro de gravedad del conflicto hacia la interrelación política con Estados Unidos.
Cualquier lector inocente y desconocedor de la realidad histórica y coyuntural de Cuba, al leer el primer párrafo y posteriormente los enunciados y argumentos del informe, puede llevarse la idea inequívoca de que Cuba es un país normal aquejado por una crisis socioeconómica circunstancial, matizada y agravada, además, por ser víctima de la agresión imperial de su poderoso vecino del norte.
El documento no caracteriza al régimen cubano como lo que es: una tiranía totalitaria y cleptocrática que le ha robado todo a todos, ciudadanos, socios económicos, amigos y enemigos. Terrorista por origen, por sus vínculos e impronta internacional y por su metodología interna, ha basado su poder sultánico, eterno e incontestable en la supresión de todos los derechos, dignidades y garantías civiles, políticas, jurídicas, legales e institucionales de los ciudadanos que prometió liberar y enaltecer.
De manera escalofriante, el informe firmado por tan solventes profesionales, buenos conocedores del fenómeno, sus causas y manifestaciones, nos habla de incapacidad e ineptitud gubernamental como causas de la crisis que describe. Con ello omite el necesario análisis y reconocimiento del diseño original del modelo, fundamentado en el principio leninista y fascista: “Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada”.
El informe se abstiene de aclarar al lector desprevenido que el monopolio absoluto del régimen comunista sobre la vida, los destinos y las haciendas de todos los súbditos-esclavos constituye la causa esencial del desastre nacional. No estamos ante una crisis temporal, sino ante el resultado de un modelo que no podía conducir a otra cosa que al fracaso.
Hay varios errores de contenido. Los académicos suscribientes basan su acercamiento, más descriptivo que analítico, en el gobierno y sus acciones o inacciones, sin asumir que son el sistema y el modelo los que generan las atrofias y desastres consustanciales a esa aberrante manera de regentear las relaciones sociales. De ese error de bulto proviene la visión que proyectan de promover una transición, entiéndase una reforma del régimen, cuando en realidad urge el derrocamiento de la tiranía y el desmontaje total del sistema antinatural y antihumano que amenaza con extinguir a la nación.
De manera inexplicable, le conceden algún grado de legitimidad al gobierno cubano, que basa su poder en la supresión y el desconocimiento institucionalizado de todos los derechos naturales, esos que son anteriores a las filosofías, a las ideologías y a los proyectos políticos. El documento de Harvard vuelve a conceder legitimidad al régimen cuando promueve una amnistía para los más de mil prisioneros políticos injustamente encarcelados, de lo cual se desprendería una serie de concesiones y prebendas por parte de la administración norteamericana al régimen que no revisten fundamento ni lógica. Los eminentes académicos deben entender que a quien hay que exigirle el desmontaje total, incondicional e irreversible de sus estructuras represivas es a la tiranía.
El informe llega al delirio de calificar la política de la administración Trump de imperial y prácticamente responsabiliza a Estados Unidos de una grave crisis sistémica y estructural. Pierde de vista, además, que si Cuba aún respira trabajosamente es porque Estados Unidos la mantiene económicamente por varias vías. De manera sospechosa, el informe reproduce el diseño castrista de hacer depender los problemas de Cuba de las proyecciones políticas de Estados Unidos. Es necesario entender que el poder es una responsabilidad consistente en respetar y garantizar los derechos y dignidades de los gobernados. Hay que hacerlo sin ambages, sin coartadas y sin importar los elementos externos.
El documento insiste en el concepto de sector privado en Cuba, otra de las más deplorables tergiversaciones del caso. En Cuba no se reconoce ni se respeta plenamente la propiedad privada ni la personalidad jurídica de los individuos y, lo fundamental, no existen garantías jurídicas que protejan efectivamente los derechos ciudadanos. Incluso los socios económicos extranjeros que durante las últimas décadas han ayudado a la tiranía a mantenerse a flote han sufrido sucesivas expoliaciones de sus patrimonios y recursos financieros.
La ficción pantomímica del supuesto sector privado solo pretende camuflar el proceso de oligarquización de la élite castrista para apoderarse de los restos de Cuba ante un eventual proceso de transformaciones. Solo podría hacer dos preguntas a los ilustres académicos: 1) Si yo envío recursos a mis hermanos opositores, ¿podrían abrir sus MIPYMES? 2) Si la Seguridad del Estado ordena a un “empresario privado” despedir a un trabajador, ¿podría este negarse a hacerlo sin sufrir consecuencias?
Resulta inconcebible que el informe, mientras habla del desastre habitacional y urbanístico, se detenga a elogiar el proceso de restauración del Centro Histórico de La Habana, al que no sé por qué extraña razón llaman “casco”, cuando en realidad el regente de ese proceso generó una espiral de corrupción e injusticias. Cuando casi nadie robaba en Cuba, ya Eusebio Leal llevaba veinte años robando.
El informe reconoce que el régimen concedió mucha prioridad al sistema de salud, pero pierde de vista la utilización de los profesionales del sector, extraídos de sus localidades, como esclavos modernos alquilados al mundo en condiciones de extrema explotación y a cambio de cuantiosos recursos monetarios que no han sido revertidos en mejorar los deteriorados servicios. Más allá de la propaganda oficial, el régimen es el único gobierno del mundo que se autoproclamó potencia médica mundial, mientras, muchos años antes de las medidas del presidente Trump, los ciudadanos sufrían escasez de agua potable y medicamentos básicos, bajos índices de desechabilidad en el sistema hospitalario, un alto índice de utilización del queroseno como combustible doméstico y del asbesto-cemento, contraindicado desde 1971, como material de construcción y almacenamiento de agua.
En otro ejemplo de su posición tendenciosa, el informe, que culpa y responsabiliza a la actual administración por los males que aquejan a la Isla, al analizar la crisis demográfica y los éxodos migratorios guarda un silencio rampante sobre la complicidad de la administración Biden-Harris con el clan de Díaz-Canel y Ortega para propiciar la inmigración ilegal.
Obviamente, el documento de Harvard, plagado de omisiones, tergiversaciones y argumentaciones tendenciosas, constituye un elemento más del extendido ambiente que, en sectores de las clases políticas y empresariales norteamericanas y del exilio cubano, se esfuerza cada vez más abiertamente por lavar la imagen de la tiranía genocida y tender un puente invisible pero seguro que garantice el reciclaje y la supervivencia de los destructores de la nación cubana. El reto político y moral está planteado. Los cubanos dignos lo hemos aceptado y estamos dispuestos a enfrentarlo.



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