
Últimos restos del naufragio de la libreta de racionamiento
Luis Leonel Leon
El régimen cubano, todavía empeñado en el absurdo de disimular el terremoto de su propio fracaso, ha tenido que anunciar otro derrumbe más. Uno de los símbolos más pobres, más degradantes y más duraderos del comunismo cubano acaba de venirse abajo: la llamada Libreta de Abastecimiento, eufemismo oficial del racionamiento. Ese pequeño cuaderno de la obediencia doméstica, esa cartilla descolorida donde el Estado fingía repartir justicia mientras administraba la miseria, el control y el desprecio hacia los ciudadanos, ya no sobrevive como promesa social. Se despide, pero no como logro de una Cuba finalmente libre y próspera, sin racionamientos impuestos a golpe de corrupción, adoctrinamiento, cárcel y muerte, sino como uno de los últimos restos del naufragio revolucionario.
El gobernante ilegítimo, Miguel Díaz-Canel, anunció que la canasta básica dejará de ser universal y quedará reservada para jubilados, familias con niños enfermos crónicos y personas vulnerables. Dio la noticia en una comparecencia donde, con total descaro, le pidió al pueblo confianza en sus nuevas y mágicas reformas económicas, fingiendo que le importan las críticas, repitiendo el mismo guion vacío que mantiene al país en la ruina.
Con este discurso, el régimen intenta vestir la medida con el lenguaje tecnocrático de la supuesta “protección social focalizada”, pero la frase apenas alcanza para maquillar la falsa confesión de un Estado mentiroso, ladrón, depredador y profundamente antidemocrático. Lo que acaba de reconocer el comunismo caribeño es que el viejo totalitarismo ya no puede sostener ni siquiera la pobreza que convirtió en sistema, ni siquiera la miseria que durante décadas presentó como justicia distributiva.
Las cartillas de racionamiento no fueron una rareza exclusiva de Cuba. Las tuvieron países en guerra, imperios derrotados, sociedades devastadas por bombardeos y dictaduras obligadas a administrar la escasez. Las tuvo la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido bajo las bombas, España en la dura posguerra, la Unión Soviética y otras economías socialistas fallidas que hicieron del control estatal una agobiante forma de vida. Pero en casi todos esos casos el racionamiento fue presentado como medida excepcional, hija de la guerra, resultado de la ruina o la emergencia. En Cuba, en cambio, la libreta se volvió costumbre, destino nacional, instrumento de domesticación social y prueba material del larguísimo fracaso revolucionario.
La libreta, mezcla de sufrimiento y salvación, separó a los cubanos de la libertad. Los condenó a la dependencia y el control. Siempre fue una humillación. Pero también, y cada vez para menos, era el último vestigio de una promesa mínima: nadie quedaría completamente fuera del reparto estatal de la miseria. Y ahora, al caer incluso eso, el comunismo cubano no solo reconoce su fracaso económico: confiesa su derrota moral. Nunca pudo ofrecer abundancia porque nunca la produjo. Nunca pudo ofrecer igualdad porque la convirtió en igualitarismo y empobrecimiento común. La Revolución que prometió redimir a los pobres fabricó una nación de generaciones pobres, persiguió a quienes podían levantarla y ahora ni siquiera puede repartir las ruinas.
Sin embargo, mientras desde las calles los cubanos piden intervención y exhiben carteles donde se lee “Dios salva a Cuba. SOS Trump", Díaz-Canel, ese perro faldero de la familia Castro que pronto será devorado por sus dueños, sigue hablando de falsas “reformas”, “protección social”, “agenda económica”, “eficiencia” y “nuevas bases”. Una extensa lista de promesas que solo podrá cumplirse con la extinción del régimen, dueño todavía del monopolio de la violencia y empeñado en estafar en vez de negociar, para ganar tiempo y evitar ser derrocado por la fuerza.
La gran mayoría del pueblo ya no escucha los mismos cantos de sirena. Sabe que no quieren ni pueden cumplir. Le han hecho ese cuento demasiadas veces. El cubano de a pie, desde hace rato, entiende que la bodega no solo no alcanza para sobrevivir, sino que se ha convertido en el fantasma de una promesa que hoy le vira la espalda. El cubano sabe que el salario no compra, que la pensión no permite vivir, que la vejez ha dejado de ser una etapa de descanso para convertirse en terror al abandono. Los viejos, que son quienes más han sufrido después de una vida secuestrada por los embustes de una Revolución que les prometió amparo, recibirán, si acaso, los últimos restos de un largo naufragio. Ellos, junto a las madres y los niños que no tienen con qué alimentarse, son quienes más nos duelen. Y ante tanto martirio acumulado, ya no se puede esperar más para salvarlos.



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