Últimos restos del naufragio de la libreta de racionamiento

Se cae como se cae La Habana. Como los techos que aplastan cuerpos y esperanzas. Como las termoeléctricas, los hospitales, las escuelas, el transporte, las fachadas despintadas, las escaleras podridas, los balcones que esperan la próxima lluvia para entonar, roncos y cansados, su último bolero 
CUBALIBRE18 de junio de 2026Luis Leonel LeonLuis Leonel Leon

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El régimen cubano, todavía empeñado en el absurdo de disimular el terremoto de su propio fracaso, ha tenido que anunciar otro derrumbe más. Uno de los símbolos más pobres, más degradantes y más duraderos del comunismo cubano acaba de venirse abajo: la llamada Libreta de Abastecimiento, eufemismo oficial del racionamiento. Ese pequeño cuaderno de la obediencia doméstica, esa cartilla descolorida donde el Estado fingía repartir justicia mientras administraba la miseria, el control y el desprecio hacia los ciudadanos, ya no sobrevive como promesa social. Se despide, pero no como logro de una Cuba finalmente libre y próspera, sin racionamientos impuestos a golpe de corrupción, adoctrinamiento, cárcel y muerte, sino como uno de los últimos restos del naufragio revolucionario.

El gobernante ilegítimo, Miguel Díaz-Canel, anunció que la canasta básica dejará de ser universal y quedará reservada para jubilados, familias con niños enfermos crónicos y personas vulnerables. Dio la noticia en una comparecencia donde, con total descaro, le pidió al pueblo confianza en sus nuevas y mágicas reformas económicas, fingiendo que le importan las críticas, repitiendo el mismo guion vacío que mantiene al país en la ruina.

Con este discurso, el régimen intenta vestir la medida con el lenguaje tecnocrático de la supuesta “protección social focalizada”, pero la frase apenas alcanza para maquillar la falsa confesión de un Estado mentiroso, ladrón, depredador y profundamente antidemocrático. Lo que acaba de reconocer el comunismo caribeño es que el viejo totalitarismo ya no puede sostener ni siquiera la pobreza que convirtió en sistema, ni siquiera la miseria que durante décadas presentó como justicia distributiva.

Las cartillas de racionamiento no fueron una rareza exclusiva de Cuba. Las tuvieron países en guerra, imperios derrotados, sociedades devastadas por bombardeos y dictaduras obligadas a administrar la escasez. Las tuvo la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido bajo las bombas, España en la dura posguerra, la Unión Soviética y otras economías socialistas fallidas que hicieron del control estatal una agobiante forma de vida. Pero en casi todos esos casos el racionamiento fue presentado como medida excepcional, hija de la guerra, resultado de la ruina o la emergencia. En Cuba, en cambio, la libreta se volvió costumbre, destino nacional, instrumento de domesticación social y prueba material del larguísimo fracaso revolucionario. 

La Libreta de Abastecimiento —que, insisto, debió llamarse siempre libreta de racionamiento— fue el monumento del hambre administrada. No suspiraba únicamente en las bodegas, sino en las cocinas vacías, las colas, las manos de las madres que aprendieron a hacer una terrible aritmética con el hambre, calculando cuántos días podía durar una libra de arroz, un poco de azúcar, una cuota cada vez más fantasmagórica de aceite, café o frijoles. La carne, hace décadas, se esfumó como por arte de magia para instalarse, por decreto moral de la izquierda, en las mesas privilegiadas de la familia Castro y de su nomenclatura. Fue el archivo familiar de la escasez, el certificado cotidiano de una nación obligada a convertir la supervivencia en disciplina y la pobreza en obediencia. 

Su recorte no debe entenderse como un ajuste en medio de la crisis más brutal que han vivido los cubanos, sino como una lápida que se quiebra y cae sobre el descompuesto relato revolucionario. La libreta se hunde en el mar de la Revolución castrista porque el régimen ya no puede sostener ni siquiera su pobreza organizada. 

¿Cuántas generaciones habrían querido asistir al sepelio de la libreta por la única razón decente: dejar atrás el racionamiento gracias a la prosperidad, la producción nacional, el salario suficiente, el mercado abastecido y la libertad económica? Pero, por desgracia, no ha sido así. Aún no. Pero tal vez, si las señales no nos engañan, estamos cerca. Entretanto, esa odiada e inevitable libreta no se despide siquiera por un primer vestigio de algo cercano a la esperanza de abundancia, sino por colapso: por campos improductivos, industrias arrasadas, bodegas vacías, pensiones miserables, inflación devastadora, apagones interminables y un Estado que, después de convertir la dependencia en virtud política, ya no puede sostener ni siquiera la cuota oprobiosa con que domesticó a la nación.

La Revolución prometió leche, carne, pan, justicia y dignidad. Pero 67 años después reduce su último amuleto social a un auxilio mínimo para quienes ya no tienen fuerzas ni para protestar. La ironía es tan brutal como solo puede serlo el comunismo: lo que fue presentado como conquista social termina convertido en certificado de indigencia. ¿Para recibir al menos una migaja hay que demostrar vulnerabilidad, hay que estar demasiado viejo, demasiado enfermo o en esa antesala de la muerte donde la libreta apenas llega como una limosna tardía? 

Desde hace años, además, ningún cubano vive únicamente de la libreta. Esa ha sido otra de las grandes mentiras del régimen: fingir que todavía existe una red elemental de amparo cuando, en realidad, la libreta dejó de alimentar hace mucho tiempo. En las últimas décadas, los productos distribuidos por ese infame mecanismo apenas alcanzaban para unos pocos días, llegaban cada vez con mayor irregularidad y, muchas veces, con una calidad humillante. Los mercados en dólares, con precios abusivos para la mayoría de la población, terminaron convirtiéndose en el verdadero rostro de la desigualdad socialista: tiendas con productos de primera necesidad para quienes pueden pagar sus altos precios, vitrinas inaccesibles para los sectores más empobrecidos y agonía cotidiana para quienes deben hacer magia para poner un perro caliente sobre la mesa. 

La libreta, con toda su carga de infamia y sometimiento, ha sido un mazazo demasiado prolongado sobre la dignidad nacional. El régimen ha vendido huesos en algunas Navidades, como si se tratara de una dádiva y no de una vejación. Nunca olvidaré el rostro de aquella anciana mostrando unas costillas peladas, una  dolorosa imagen que se divulgó en redes sociales. Durante décadas, la supervivencia del cubano ha dependido, en buena medida, de remesas, inventos, trueques, colas, mercado negro, ayuda familiar, pequeños negocios perseguidos o tolerados según la conveniencia del poder, y de una resistencia sempiterna que la dictadura jamás reconocerá, porque hacerlo implicaría admitir la verdad central de esta tragedia: el pueblo cubano sobrevive no gracias al Estado, sino a pesar de él.

La libreta se cae como se cae La Habana. Como los techos que aplastan cuerpos y esperanzas. Como las termoeléctricas, los hospitales, las escuelas, el transporte, las fachadas despintadas, las escaleras podridas, los balcones que esperan la próxima lluvia para entonar, roncos y cansados, su último bolero. Todo en Cuba parece haber entrado en la misma fase final: el derrumbe sin metáfora, el país que ya no solo se empobrece, sino que se descompone ante los ojos de todos: viejos y jóvenes, disidentes y acallados, ateos y creyentes. Y la Revolución ya no posee siquiera aquella tenebrosa capacidad de tapar el sol con un dedo frente a quienes, por fe, miedo o conveniencia, antes se creyeron parte de su cuento y hoy apenas se aferran a las últimas migajas de la gran estafa. 

Ese es el verdadero balance de la obra revolucionaria: no un país soberano, próspero y justo, sino una nación donde el mal gobierno decide quién merece los residuos de la escasez. No una economía socialista victoriosa —lo cual es una contradicción en sus propios términos—, sino un Estado que, después de destruir la propiedad, perseguir la iniciativa privada, expulsar a millones al exilio o a morir en la fuga, arruinar el aparato productivo y convertir la dependencia en virtud política, ahora anuncia como reforma que ya no puede alimentar ni siquiera bajo racionamiento universal.

La libreta, mezcla de sufrimiento y salvación, separó a los cubanos de la libertad. Los condenó a la dependencia y el control. Siempre fue una humillación. Pero también, y cada vez para menos, era el último vestigio de una promesa mínima: nadie quedaría completamente fuera del reparto estatal de la miseria. Y ahora, al caer incluso eso, el comunismo cubano no solo reconoce su fracaso económico: confiesa su derrota moral. Nunca pudo ofrecer abundancia porque nunca la produjo. Nunca pudo ofrecer igualdad porque la convirtió en igualitarismo y empobrecimiento común. La Revolución que prometió redimir a los pobres fabricó una nación de generaciones pobres, persiguió a quienes podían levantarla y ahora ni siquiera puede repartir las ruinas.

Sin embargo, mientras desde las calles los cubanos piden intervención y exhiben carteles donde se lee “Dios salva a Cuba. SOS Trump", Díaz-Canel, ese perro faldero de la familia Castro que pronto será devorado por sus dueños, sigue hablando de falsas “reformas”, “protección social”, “agenda económica”, “eficiencia” y “nuevas bases”. Una extensa lista de promesas que solo podrá cumplirse con la extinción del régimen, dueño todavía del monopolio de la violencia y empeñado en estafar en vez de negociar, para ganar tiempo y evitar ser derrocado por la fuerza.

La gran mayoría del pueblo ya no escucha los mismos cantos de sirena. Sabe que no quieren ni pueden cumplir. Le han hecho ese cuento demasiadas veces. El cubano de a pie, desde hace rato, entiende que la bodega no solo no alcanza para sobrevivir, sino que se ha convertido en el fantasma de una promesa que hoy le vira la espalda. El cubano sabe que el salario no compra, que la pensión no permite vivir, que la vejez ha dejado de ser una etapa de descanso para convertirse en terror al abandono. Los viejos, que son quienes más han sufrido después de una vida secuestrada por los embustes de una Revolución que les prometió amparo, recibirán, si acaso, los últimos restos de un largo naufragio. Ellos, junto a las madres y los niños que no tienen con qué alimentarse, son quienes más nos duelen. Y ante tanto martirio acumulado, ya no se puede esperar más para salvarlos. 

BIO LLL

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