Trump anticipa que pasarán “muchas cosas” en Cuba próximamente
Luis Leonel Leon
El presidente Donald Trump volvió a colocar a Cuba en el centro de su agenda hemisférica al asegurar que durante los próximos meses podrían producirse acontecimientos importantes en la isla. La declaración, tanto por su contenido como por el momento político en que fue pronunciada, ha despertado expectativas en el exilio cubano y ha sido escuchada, con inevitable preocupación, por la cúpula de una dictadura que durante más de seis décadas ha hecho de la espera, el control social y la ambigüedad internacional algunos de sus principales mecanismos de supervivencia.
Durante una entrevista realizada por el corresponsal de Fox News, Trey Yingst, en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca, Trump afirmó: «Muchas cosas van a pasar en Cuba durante los próximos, quizá, dos meses, pero no veo que vaya a ser como Venezuela». La conversación fue grabada el 14 de julio y el fragmento dedicado a Cuba fue difundido públicamente por Yingst este 16 de julio. En pocas horas, el video comenzó a circular por medios de comunicación y redes sociales, no sólo por la contundencia de la frase, sino porque Trump introdujo en ella un elemento poco habitual: un plazo aproximado dentro del cual podrían desarrollarse los acontecimientos mencionados.
Pero su respuesta adquirió mayor relevancia cuando Yingst preguntó directamente si el presidente se refería a una posible acción militar. No es sorpresa que Trump no anunciara una operación, no presentara un plan concreto ni explicara la naturaleza de aquello que, según sus palabras, podría ocurrir. Tampoco descartó categóricamente esa posibilidad. Sostuvo, en cambio, que Estados Unidos posee capacidad suficiente para actuar en Cuba y que hacerlo no resultaría particularmente difícil, aunque distinguió el caso cubano del venezolano al referirse a la riqueza petrolera de Venezuela y a los numerosos recursos naturales con los que cuenta el país sudamericano.
A los cubanos y a quienes, desde distintas partes del mundo, acompañan con empatía el destino de nuestra isla, incluidos, por supuesto, nuestros amigos estadounidenses, nos conviene escuchar las palabras de Trump sin apresurarnos a convertirlas en aquello que todavía no son, por mucho que anhelemos verlas transformadas en hechos. Trump no ha anunciado una intervención, una negociación, una operación judicial ni un proceso de transición. Tampoco ha identificado a los actores involucrados ni ha explicado cuál sería la política concreta de Washington durante el periodo mencionado. Pero tanto la prudencia como la larga espera por una acción contundente de parte de Estados Unidos y del presidente Trump, no deben restarle importancia a lo dicho. En política exterior, una ambigüedad pronunciada desde la Casa Blanca, incluso en el caso de Trump, puede cumplir una función estratégica precisa, sobre todo cuando introduce incertidumbre en los cálculos de un adversario acostumbrado a interpretar cada silencio estadounidense como una forma indirecta de tolerancia.
Las palabras de Trump forman parte, además, de una secuencia reconocible. El pasado 27 de marzo, durante un discurso pronunciado en Miami Beach, declaró que «Cuba es la próxima» luego de referirse a las actuaciones de su gobierno en Venezuela y en otros escenarios internacionales. Aquella frase conservaba la mezcla de ironía, provocación y advertencia característica de su retórica, pero su reiteración posterior permite advertir que Cuba no ha desaparecido del horizonte político de la administración. A ello se suma la reciente ampliación de sanciones contra entidades vinculadas a las fuentes de financiamiento y los instrumentos represivos del régimen, presentada por el Departamento de Estado como parte de una política dirigida a aumentar la presión sobre los represores de La Habana.
La presencia de Marco Rubio dentro de la administración añade otra dimensión a las palabras de Trump. Rubio conoce desde hace décadas, y mejor que los demás líderes de la administración, la naturaleza del castrismo, sus mecanismos de penetración regional y la estructura familiar que protege el poder en La Habana. Su influencia permite leer estas declaraciones no como una ocurrencia aislada, sino como parte de una evaluación más amplia del deterioro cubano y de las posibilidades de presión sobre el régimen. En el extremo opuesto aparece la necesidad de supervivencia de la familia que se ha adueñado de la isla, ahora con los ademanes mediáticos del coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como «El Cangrejo», nieto de Raúl Castro, convertido en símbolo de una sucesión dinástica que pretende conservar privilegios, lealtades y resortes de control aun cuando el país se deshace alrededor de ellos.
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Para la dictadura cubana, habituada durante décadas a medir la voluntad de Washington y a sobrevivir a sus cambios de administración, la declaración pudiera representar una señal incómoda. Trump no ofreció detalles, pero sí introdujo un horizonte temporal. No confirmó una operación, aunque respondió a una pregunta militar sin clausurar expresamente esa posibilidad. Trump no equiparó a Cuba con Venezuela, pero afirmó que Estados Unidos cuenta con los medios necesarios para actuar. Esta combinación, como suele ocurrir con las declaraciones del presidente estadounidense, no nos permite anticipar un desenlace, aunque sí altera el ambiente de previsibilidad que beneficia a una estructura de poder cuya estabilidad depende, en buena medida, de que sus adversarios terminen aceptando su permanencia como un hecho inevitable.
La capacidad de supervivencia de la tiranía de La Habana ha sido estudiada durante años por la academia, generalmente moldeada por la izquierda. Incluso Javier Corrales, profesor universitario, liberal en el sentido estadounidense y socialmente progresista, ha debido reconocer la naturaleza dictatorial del sistema cubano. En "The Gatekeeper State: Limited Economic Reforms and Regime Survival in Cuba" (1989–2002), explicó que las reformas económicas emprendidas por el castrismo durante los años noventa no fueron concebidas para liberar plenamente la economía ni para devolver autonomía a los ciudadanos, sino para distribuir de manera selectiva el acceso a las oportunidades del mercado, aliviar ciertas presiones y preservar el control político. El régimen permitió espacios económicos limitados mientras contribuyeran a sostenerlo, pero restringió aquellos capaces de generar independencia social, riqueza fuera de su tutela y poder autónomo. Su análisis confirma una constante del sistema cubano: las aparentes aperturas no buscan transformar el orden político, sino oxigenar a la dictadura, ganar tiempo y prolongar su dominio.
Por su parte, Jaime Suchlicki, fundador del Cuban Studies Institute, institución que hoy lleva su nombre, y uno de los estudiosos más constantes y rigurosos del castrismo, colocó aquella falsa apertura en su justo lugar. En un análisis publicado el 16 de noviembre de 2011 por Knowledge at Wharton, de la Universidad de Pensilvania, advirtió que el gobierno cubano no estaba creando las instituciones necesarias para importar, exportar ni atraer inversiones capaces de aprovechar siquiera la cercanía de la isla al mercado estadounidense. De ahí su conclusión, tan breve como demoledora: «Raúl Castro no es un reformista como Deng Xiaoping o Gorbachov». Las concesiones económicas del raulismo carecían de propiedad segura, reglas estables, libertad empresarial y garantías frente a la arbitrariedad estatal, por lo que no podían conducir a una transformación de la magnitud de las emprendidas en China o en la Unión Soviética, cada una con naturaleza y desenlace muy diferentes. Suchlicki anticipó, en cambio, un deterioro gradual de la economía cubana que hoy resulta innegable por la profundidad de una crisis que ha llevado al país al momento más duro de su historia. El tiempo confirmó la médula de su diagnóstico: el régimen toleró pequeños espacios de mercado para obtener oxígeno, pero nunca aceptó las instituciones ni las libertades capaces de convertirlos en una economía verdaderamente abierta.
Y eso mismo intenta hacer, una vez más, el castrismo con las 176 supuestas transformaciones económicas y sociales, agrupadas en 23 ejes y presentadas por Miguel Díaz-Canel, marioneta política de la dinastía castrista: introducir concesiones cuidadosamente vigiladas mientras la propaganda oficial sigue culpando a Estados Unidos por una ruina acumulada durante más de medio siglo de comunismo. La isla hoy vive una grave crisis que ha dejado de ser una sucesión de emergencias para convertirse en la condición habitual de la vida nacional. Los apagones prolongados, la escasez de alimentos y medicamentos, el deterioro del transporte, la pérdida del valor real de los salarios y el colapso de la infraestructura hidráulica, entre otros signos del descalabro del sistema castrista, han transformado cuestiones elementales en terribles expediciones de supervivencia. En numerosos barrios, las familias pasan días sin recibir agua y deben buscarla con cubos, tanques, pomos y cualquier recipiente disponible. La escena de ciudadanos agrupados alrededor de una tubería que apenas gotea posee una fuerza descriptiva superior a las estadísticas oficialistas siempre manipuladas: muestra a un Estado totalitario que reclama obediencia absoluta mientras ha dejado de cumplir con lo más elemental de sus deberes básicos.
La escasez no procede únicamente de errores ocasionales ni puede explicarse por una causa exterior. Durante décadas, el modelo centralizado subordinó la producción a la planificación política, redujo los incentivos, castigó la iniciativa independiente y convirtió el acceso a los recursos en un instrumento de dependencia. Incluso análisis publicados por instituciones favorables a una mayor apertura entre Washington y La Habana han reconocido que la principal limitación estructural de la economía cubana reside en su anticuado sistema de planificación central, aunque también señalen el peso de las sanciones estadounidenses. Sería cómodo atribuir este desastre sólo a la ineficiencia, como se ha hecho incluso desde instancias de gobiernos democráticos, incluido el de Estados Unidos. Pero la ruina cubana no puede separarse de una lógica deliberada de dominación: la dictadura preserva su poder mediante la represión permanente, la dependencia del ciudadano respecto del Estado y una miseria que reduce los márgenes de autonomía personal, económica y política. La incompetencia existe, por supuesto, pero opera dentro de un sistema que ha preferido durante décadas controlar a la sociedad antes que permitirle prosperar.
Hay un contraste moral imposible de disimular y que no podemos dejar de subrayar, pues tenerlo en cuenta ilumina el basamento de todo análisis: el aparato estatal de la Revolución cubana alega no disponer de recursos para reparar un acueducto, mantener una planta eléctrica o abastecer un hospital, pero, sin embargo, conserva la capacidad para vigilar, detener e interrogar a quienes protestan. Las fuerzas represivas pueden identificar con rapidez a un ciudadano que publica en redes sociales una denuncia, organizar un operativo policial o bloquear una manifestación, pero se declaran impotentes frente a las miles de tuberías rotas y los millones de refrigeradores desconectados y vacíos. Esa desigualdad entre la eficacia del control y la ruina de los servicios revela las prioridades de un régimen que protege con mayor rigor su continuidad que la vida concreta de la población.
Las próximas semanas permitirán medir el alcance real de las declaraciones de Trump. Podrían formar parte de una estrategia de presión, constituir una advertencia dirigida a la jerarquía castrista, preparar decisiones todavía no anunciadas o limitarse a mantener abierta una zona de incertidumbre calculada. Nada de esto puede afirmarse todavía como hecho consumado. Lo comprobable es que Cuba ha vuelto a ser mencionada desde la presidencia estadounidense como un problema vivo del hemisferio y no como una anomalía histórica condenada a permanecer eternamente inmóvil.
Durante demasiado tiempo, el castrismo ha contado con que cada anuncio se diluya, cada indignación se fatigue y cada gobierno extranjero termine acomodándose a la existencia de la dictadura. Su vulgar longevidad ha producido incluso la ilusión de que sobrevivir equivale a vencer, cuando muchas veces sólo ha significado aplazar el desenlace mientras el país pierde población, riqueza, infraestructura y futuro. Las palabras de Trump no disipan la incertidumbre ni garantizan por sí mismas un cambio. Su importancia reside en haber perturbado, al menos por un instante, esa antigua confianza de la nomenclatura en la paciencia infinita del mundo.
Mientras se intenta descifrar el alcance de una frase pronunciada en la Casa Blanca, millones de cubanos continúan esperando electricidad, alimentos, medicinas y agua. Esa realidad constituye el marco ineludible de este episodio: cualquier política que se anuncie, cualquier presión que se ejerza y cualquier acontecimiento que se aproxime, deberá medirse frente al drama de una nación a la que el régimen ha impuesto, durante 67 años, sacrificios incontables sin concederle un ápice de libertad ni de prosperidad, ni siquiera la certeza elemental de abrir una llave y encontrar agua.
Cuba permanece, sin embargo, en ese filo incierto donde la historia parece demorarse y, al mismo tiempo, acumular una tensión que ningún poder, ni siquiera una dictadura comunista, puede contener para siempre. La esperanza que aún sostienen tantos cubanos no nace de una confianza ingenua en repetidas promesas exteriores, sino de algo más profundo y más difícil de destruir: la persistencia de quienes, dentro de la isla, continúan desafiando el miedo, defendiendo la dignidad humana y reclamando un país distinto sin aceptar como destino definitivo la ruina impuesta por el régimen castrista. Ellos son los que pueden convertir las palabras en acciones definitivas.








