
Los autores son sumamente benévolos con Stalin: regatean la cantidad de millones de las víctimas de sus purgas y enaltecen lo que consideran sus “méritos históricos”. En cambio, enjuician muy severamente a Gorbachov y sus colaboradores, especialmente a Yakovlev, a quienes culpan de haber llevado demasiado lejos una tendencia democratizadora y promercado que inició Bujarin y continuó Jrushchov











