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Aquella barbarie antiliteraria era una práctica común en la Cuba de las décadas de 1960 y 1970, cuando fueron recogidas y destruidas tiradas enteras de libros que luego de publicados, los comisarios culturales consideraron que eran ideológicamente nocivos
02/10/2024 Luis Cino
Varios lectores me han expresado asombro e incredulidad a propósito de mi reciente artículo “Panait Istrati, entre los autores vetados por el castrismo”, donde referí cómo, a fines de 1970, centenares de ejemplares de las novelas Mijail y Kira Kiralina, del escritor rumano, luego de ser publicados por Ediciones Huracán, fueron recogidos de las librerías y convertidos en pulpa de papel.
Aquella barbarie antiliteraria era una práctica común en la Cuba de las décadas de 1960 y 1970, cuando fueron recogidas y destruidas tiradas enteras de libros que luego de publicados, los comisarios culturales consideraron que eran ideológicamente nocivos.
La lista sería larga: Condenados de Condado, de Norberto Fuentes; Lenguaje de mudos, de Delfín Prats; Pasos sobre la hierba, de Eduardo Heras León, y hasta el mismísimo Paradiso, de Lezama Lima, por aquel capítulo VIII que revolvía la moralina homofóbica de los comisarios comunistas.
Fue particular el ensañamiento de los comisarios en el caso de Fuera del juego, de Heberto Padilla y Los Siete contra Tebas, de Antón Arrufat, contra los que no bastó el prólogo-coletilla incriminatorio firmado por el Comité Director de la UNEAC que aseguraba: “esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que necesitan para alimentar su caballo de Troya”.
Allá por 1988, cuando trabajaba en la Empresa Provincial de Demoliciones, en una nave-almacén en desuso que estaba en la Vía Blanca, en el límite entre El Cerro y Santos Suárez, entre los escombros encontré varios números de la revista literaria mexicana El corno emplumado y decenas de ejemplares de Fuera del juego, y de Los Siete contra Tebas, con aquel infame y ridículo prólogo-coletilla. Todos estaban rasgados al medio y a algunos les faltaban páginas. Parece que a los mata-libros se les olvidó recogerlos en aquel almacén y allí permanecieron durante 20 años.
Conseguí llevarme algunos ejemplares que distribuí entre varios amigos. La que más los agradeció fue mi buena amiga la poetisa Elena Montes de Oca, ya por entonces disidente y hoy en el exilio. Desgraciadamente, el ejemplar que dejé para mí lo presté y nunca me lo devolvieron. Ojalá todavía exista.
Recuerdo que hace unos años pastores de iglesias evangélicas independientes denunciaban la quema de Biblias y otros libros religiosos decomisados por las autoridades.
También hace varios años, una periodista del Noticiero Nacional de Televisión (NTV), en un reportaje, confesó su espanto al descubrir centenares de libros amontonados en un almacén de materia prima reciclable, en espera de su turno para ser convertidos en pulpa. Y no era para menos la consternación de la periodista: además de decenas de ejemplares del Directorio Telefónico de La Habana, había libros escolares de varias asignaturas, de economía, poemarios y novelas, entre ellas, Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski.
En el reportaje del NTV, un funcionario de poca monta, en jerga burocrática, explicaba que dichos libros “ya habían cumplido su ciclo de vida útil”, por lo que serían hechos pulpa para hacer nuevos libros.
A juzgar por la actual política editorial y la pobre oferta existente en la mayoría de las librerías, compuesta casi toda por adoctrinamiento y politiquería castrista, puede uno imaginar qué tipo de libros harán con esa pulpa. Y esos libros, a su vez, después que duerman unos años, amontonados entre el polvo de los anaqueles en las librerías, sin que alguien les eche siquiera una ojeada, los volverán a recoger y a convertir en pulpa, y así ad infinitum…
Publicado originalmente en Cubanet.


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