Argumento medioambiental: ¿Inversión en empresas sostenibles o marxismo corporativo?

En diciembre de 2021, los activos gestionados en fondos “sostenibles” cotizados en bolsa global ascendían a más de 2.7 billones de dólares
Autores28/06/2023 Rafael Marrero
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En los últimos 20 años se ha puesto de moda que las empresas deben tener objetivos medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés) muy bien delineados para poder llamar la atención de inversores, cumplir con los criterios de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) y, de paso, estar a tono con la Agenda 2030.

Sin embargo, detrás de esos requisitos “sostenibles” se esconden criterios contraproducentes tanto para las finanzas como para el sector de los negocios como tal. De un lado, esos conceptos socaban el sistema de libre mercado; del otro, devienen una forma de marxismo corporativo que coarta el rendimiento empresarial.

Claro, por mucho tiempo se supuso que invertir en ese tipo de empresas sería algo realmente bueno para las prácticas comerciales, pero los hechos están diciendo otra cosa. Básicamente, los fondos ESG no están marcando una gran diferencia comparados con los que no lo son y, lo que es peor aún, no están rindiendo como deberían.

A fin de obtener capital de inversión, aumentar su reputación y estar al día en cuanto a sostenibilidad se refiere, muchas corporaciones se han montado en el tren ESG, de ahí que se hayan comprometido a cumplir con tres criterios fundamentales: medioambiente, entorno social y gobernanza corporativa.

Para respetar el primer requisito, dichas empresas deben reducir su impacto medioambiental ahorrando energía, disminuyendo las emisiones de gases de efecto invernadero y protegiendo la biodiversidad. Grosso modo, su objetivo no es más que desarrollar una economía más próspera desde la perspectiva “verde”.

Para respetar el segundo, deben optimizar la relación con sus empleados, proveedores, clientes y comunidades cercanas, mejorando las condiciones laborales; promoviendo la diversidad, inclusión e igualdad de género, incentivando los derechos humanos, y abogando por proyectos educativos, culturales y sociales, según corresponda.

Para respetar el tercero, entretanto, deben luchar por la transparencia corporativa, las buenas prácticas empresariales, la eficiencia en los procesos de gestión, la solidez en las políticas internas, el cumplimiento de las normas y la creación de una cultura empresarial, por sólo citar algunas de sus metas.

En un análisis sobre este tema, la revista Harvard Business Review (HBR) aseguró que «los fondos ESG tienen un bajo rendimiento en términos financieros». Para hacer esta aseveración, la publicación tomó como base un estudio efectuado por investigadores de la Universidad de Chicago.

Tras analizar más de 20,000 fondos de inversión, dichos especialistas descubrieron lo siguiente: aunque los fondos mejor valorados en cuanto a sostenibilidad atrajeron más capital que los fondos con calificación más baja, ninguno de los primeros superó en rendimiento a los segundos.

Expertos de la Universidad de Columbia y la London School of Economics, por su parte, compararon el récord ESG de compañías en 147 carteras de fondos sostenibles con el de otras firmas en 2428 carteras no ESG. Para su sorpresa, hallaron que las primeras tenían un peor historial en cuanto a normas laborales y medioambientales que las segundas.

Pero eso no es todo: una investigación del Instituto Europeo de Gobierno Corporativo comparó las puntuaciones ESG de empresas en las que invirtieron 684 inversores institucionales estadounidenses, firmantes de los Principios de Inversión Responsable (PRI) de la Organización de Naciones Unidas (ONU), con las de compañías en las que intervinieron 6481 inversores institucionales no acogidos a los PRI.

¿Resultado? Pues no sólo no detectaron ninguna mejora en las puntuaciones ESG de las empresas mantenidas en los fondos signatarios de tales principios: también descubrieron que sus rendimientos financieros fueron más bajos y que el riesgo para los inversionistas fue más alto.

De acuerdo con el artículo de Harvard Business Review, «fijar objetivos ESG puede distorsionar la toma de decisiones. Además, hay pruebas de que las empresas adoptan públicamente los criterios ESG como tapadera para un bajo rendimiento empresarial».

Para corroborar esa afirmación, la revista citó a dos estudiosos del tema: Ryan Flugum, de la Universidad del Norte de Iowa, y Matthew Souther, de la Universidad de Carolina del Sur. Ellos descubrieron que cuando los directivos tienen un rendimiento inferior a las expectativas de ingresos, hablan públicamente de su enfoque en los factores ESG. Sin embargo, cuando superan esas expectativas de ingresos, hacen pocas (o ninguna) declaraciones públicas sobre el tema.

De esto se deduce que «los gestores de fondos sostenibles, que dirigen sus inversiones a empresas que adoptan públicamente los principios ESG, pueden estar invirtiendo de más en empresas con un rendimiento financiero bajo», señaló el citado reporte.

Según la misma fuente, en diciembre de 2021, los activos gestionados en fondos “sostenibles” cotizados en bolsa global ascendían a más de 2.7 billones de dólares. De esos activos, el 81 % correspondía a fondos europeos y el 13 %, a fondos estadounidenses.

Un artículo de UnHerd sobre este asunto señaló que el concepto «ESG entró por primera vez en la corriente principal de inversión y banca como una estrategia de supervivencia» gracias a BlackRock, firma estadounidense que, tras adquirir a Barclay’s Global Investors Ltd, en 2009, se convirtió en la empresa de inversión más grande del mundo con tres billones de dólares en activos.

En ese entonces, en medio de la crisis bancaria de 2008, el surgimiento de BlackRock como superpotencia de inversión no era una garantía de éxito, de ahí que sus líderes orientaron su estrategia hacia los objetivos ESG, que no eran precisamente nuevos porque la ONU ya los había dado a conocer, en 2004.

Según la entidad mundial, «los inversores obtendrían mayores ganancias a largo plazo siempre que pusieran más énfasis en el progreso ambiental y social». La letra pequeña, no obstante, escondía que la definición de esas categorías tan amplias quedaría en manos de instituciones internacionales, partiendo de sus propias prioridades.

«Cuando la ONU invitó a las instituciones financieras globales a firmar los PRI, en 2007, el total de activos globales administrados por vehículos de inversión con mentalidad ESG era de alrededor de 10 billones. Para 2020, apenas 13 años después, este había crecido a más de 30 billones en todo el mundo y más de 17 billones en EE. UU.», indicó UnHerd.

Contrario a los beneficios que se esperaban del movimiento ESG, lo cierto es que los inversionistas individuales empezaron a caer como moscas mientras los grandes inversores se tomaban el derecho de votar en nombre de sus clientes en un marcado exceso de poder. Un ejemplo de estos últimos es BlackRock, precisamente, de la mano de su CEO, Larry Fink.

En 2020, este gigante de las inversiones votó en 16,200 reuniones de accionistas sobre 153,000 propuestas de empresas. Según remarcó UnHerd, esos votos fueron en contra de la gestión de las compañías analizadas porque supuestamente no estaban progresando lo suficiente en la integración del riesgo climático, ni tampoco estaban haciendo lo requerido en torno a la diversidad de sus empleados.

Con ese afán intervencionista, el ejecutivo empezó a publicar cartas dirigidas a las empresas todos los años, cada una más osada que la anterior. Una de las últimas, la de 2020, por ejemplo, decretaba que «todas las empresas de EE. UU. deben rediseñar sus negocios para alinearse con los Acuerdos de París de 2015 sobre el cambio climático».

Es decir, el CEO de BlackRock «declaró que todas las empresas de cartera tendrían que definir el riesgo climático como riesgo de inversión en sus análisis financieros, una medida diseñada para poner en desventaja a las empresas dedicadas a la industria pesada, o a la producción o el uso de combustibles fósiles, y probablemente desviarlas hacia negocios más limpios», puntualizó la fuente.

En ese mismo orden de cosas, añadió que, al hacer tales demandas, el ejecutivo está hablando con la autoridad de un representante de inversionistas electo, cuando en realidad no lo es. Ni puede exigir sobre cómo las empresas manejan las cuestiones ambientales, ni tampoco sobre las cuotas de género y diversidad que estas establecen.

«Viviendo como lo hacemos en una democracia capitalista de libre mercado, se supone que debe haber lugar para el desacuerdo sobre cuestiones como estas. Cuando las empresas no están de acuerdo entre sí, el resultado es que eligen diferentes estrategias, lo que permite que el mercado escoja la mejor estrategia a largo plazo», apuntó UnHerd.

«Además, puntualizó, en 2022, ocho de los 10 principales fondos ESG de EE. UU. gestionados activamente (incluido uno de BlackRock) se desempeñaron peor que el S&P 500», lo que demuestra que «los fondos ESG no son un milagro financiero», sino todo lo contrario.

Está claro entonces que, siendo así, hay que pensarlo dos veces antes de adherirse a los criterios anticapitalistas ESG o invertir en firmas que los defienden. Por más que se esfuercen por negarlo, el tufo a marxismo corporativo las delata y, definitivamente, se percibe a la legua de distancia.

Sobre el Dr. Rafael Marrero
Multipremiado economista egresado de las prestigiosas universidades de Stanford y Cornell. Empresario, consultor, comentarista de noticias, autor del bestseller de Amazon América 2.0: la guerra de independencia de EE. UU. contra China y presentador del podcast “La amenaza china”, top ranked en países de cuatro continentes, según Apple Podcasts. Fuente: The Epoch Times en español

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