El castrismo condecora a Alice Walker

Tal vez por su problema de visión —aunque ella dice que eso le da consciencia y lucidez—, Alice Walker prefiere ver un paraíso de justicia social, una Cuba idealizada antes que la Cuba real

Hechos 29 de febrero de 2024 LUIS CINO
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En estos inusualmente en Cuba muy fríos días de febrero, una avejentada, rapada y físicamente maltrecha Alice Walker, nuevamente de visita en La Habana, ha sido agasajada por los principales personeros de la cultura oficial.

Fue condecorada y homenajeada en la Casa de las Américas, develó en la Habana Vieja una estatua que hizo el escultor Alberto Lescay del poeta Langston Hughes y la entrevistaron en un programa especial televisivo donde también estuvo Nancy Morejón, que más que ser la anfitriona de Alice Walker, se le pegó como una lapa durante el tiempo que duró su visita a Cuba. 

A propósito del acto donde develaron la estatua de Langston Hugues, había que ver a Alice Walker, con kufiya palestina sobre los hombros, posando junto a Alpidio Alonso, el ministro de Cultura que da manotazos a quien se atreva a sacar un celular en su presencia, Miguel Barnet y Nancy Morejón.

Alice Walker tal vez no sepa —¡grande que es esta revolución! — que Nancy Morejón, décadas después de ser purgada e intimidada por su participación en Ediciones El Puente, entre otras cosas, por aspirar a crear una especie de Black Power cubano, hoy poco falta, gracias a su obediencia y fidelidad perruna, para que la declaren poeta nacional.       

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Según los parámetros de los mandamases y sus comisarios, no es para menos el agasajo a Alice Walker. No es tanto por los méritos literarios de la escritora norteamericana, que son muchos, sino por el deslumbramiento rayano en la complicidad con el régimen castrista que ha mostrado desde su primera visita a Cuba, negándose a ver la realidad de un país llevado al abismo y la desolación por una dictadura de 65 años.

Alice Walker, en 1996, al conocer a Fidel Castro, quedó tan impresionada que lo consideró el padre de todos los cubanos, lo comparó con una secoya y le deseó que viviera cientos de años. Al parecer, los sucesores del Máximo Líder, con sus desastres y desatinos —que ella no debe saber y si sabe, seguramente dirá que son debido al embargo norteamericano— también le parecen lo máximo.

Tal vez por su problema de visión —aunque ella dice que eso le da consciencia y lucidez—, Alice Walker prefiere ver un paraíso de justicia social, una Cuba idealizada antes que la Cuba real, donde la gente pasa hambre literalmente, emigra en masa ante la falta de perspectivas y las cárceles están abarrotadas de presos, en su mayoría negros y mulatos, de los cuales más de mil, algunos adolescentes, fueron condenados solo por protestar en reclamo de mejores condiciones de vida.

Confieso que me duele que Alice Walker se preste a servir de cómplice de la dictadura que nos oprime a los cubanos, porque junto a Toni Morrison, es de las escritoras norteamericanas que prefiero.      

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Los libros de Alice Walker son un canto a la espiritualidad, el mestizaje cultural, el derecho a la diferencia, a la otredad. Se le suele ir la mano en el idealismo —o sabe que eso es lo que los lectores esperan de ella cuando escribe cosas tales como: “La catedral del futuro será la naturaleza… Al final, los seres humanos se verán obligados a regresar a los árboles, los arroyos y las piedras”.

Se sabe que de nada puede escribir mejor un escritor que de lo que ha vivido. En las novelas de Alice Walker hay muchos elementos autobiográficos: sus complejas relaciones familiares; su mestizaje de sangre africana, cherokee e irlandesa; su declarada bisexualidad (en el año 2006 reveló al periódico británico The Guardian su romance con la cantautora Tracy Chapman); su activismo feminista, ecologista y en contra del racismo.

Tal vez la conflictiva relación con su padre y el hermano que la dejó tuerta de un perdigonazo cuando era pequeña, y su ruptura con su hija, la también escritora Rebeca Walker, ayuden a explicar los retorcidos sentimientos de la autora de El color púrpura al ver como a un padre a un dictador carismático y fotogénico como Fidel Castro y sentirse en deuda de lealtad con los mandamases continuadores de lo que va quedando de su régimen. A ellos, al menos les debe agradecimiento, por como la homenajean cada vez que viene a Cuba.

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Publicado originalmente en Cubanet. Luis Cino Álvarez reside en Arroyo Naranjo, Cuba, y a pesar de la represión desde 1998 ejerce el periodismo independiente. Entre 2002 y la Primavera Negra de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Es colaborador de CubaNet desde hace 20 años. Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.   

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