
La amenaza del socialismo (siempre tan cerca como la casa de enfrente)

La amenaza del socialismo (siempre tan lejos y tan cerca como la casa de enfrente) 2023, LLL
¿Cuántas veces no hemos escuchado que los problemas de la izquierda son consecuencia de la derecha, y que no pueden ser resueltos hasta que la derecha sea aniquilada o, al menos, convertida en un centro amorfo, inútil, trascendido, olvidado?
No es una banalidad: es un objetivo expreso, lo mismo en los manuales intelectuales y propagandísticos que en los discursos –acentuados con cara de circunstancia– de las rendiciones de cuentas de la izquierda, y en casos aún más patéticos, de la izquierdosidad, que no es otra cosa que la actual metástasis desenfrenada del marxismo, ya no sólo cultural, sino pedestre, aunque se cocine en universidades.
Marxismo vulgar, prefiero llamarle a esta versión que ha ayudado a ganar terreno a las dictaduras del socialismo del siglo XXI en Latinoamérica y que, lamentablemente, se ha colado en España con especímenes como los líderes podemitas, violentos discípulos, no mal pagados pero sí malnacidos, del chavismo y, por ende, herederos de la revolución cubana.
Aunque se trate de mentiras, los postulados del socialismo calan con fuerza en el resentimiento, la envidia y la inconformidad más pueril, haciendo que algunas personas, descontentas por cosas que a veces ni siquiera saben definir, arremetan contra sí mismas. Mi país, Cuba, también es un ejemplo de esto.
No podemos obviar que la izquierda nace y se hace fuerte como una subversión -ese es su leitmotiv- contra un conjunto de valores conservadores de los logros de la civilización occidental, a los que con el tiempo se le bautizó como "la derecha", y que hoy, gracias al copioso y constante discurso publicitario de la izquierda, han terminado contemplándose como valores negativos, caducos, no muy positivos en el mejor de los casos, si se compara con lo que promete y jamás cumple la agenda "humana y progresista" de la izquierda.
Otro embuste, convertido en macabra repetición (o perversión) y, por ende, asumido por no pocas personas como “la verdad”. Es sintomático que se trate siempre de una verdad aún no alcanzada. Un proyecto loable, pero no conseguido a causa -no faltaba más- de la derecha.
Es y será así. La izquierda, por naturaleza propia, siempre va a argumentar que los grandes problemas del mundo son producto de la derecha. Y nunca podrán dejar de prometer, mientras se roban millones de aplausos, que el futuro pertenece por entero al socialismo, sea radical, nórdico, socialdemócrata más o menos ortodoxo, latinoamericano o incluso islámico. Da igual, vivimos la era de la globalización de la nueva izquierda.
Y aunque no podemos olvidar que no es lo mismo globalización que globalismo, vale insistir en que no hay nada más globalizador y, por supuesto, globalizante (que es lo dañino) que el socialismo. No es casual que el globalismo sea la nueva cara y el nuevo camino estratégico de la perdurable Internacional Socialista, un espíritu que, desgraciadamente, marca el derrotero más peligroso y tramposo de nuestra insufrible posmodernidad.
Lo mismo sucede con las acciones violentas de la izquierda (lo mismo, purgas, fusilamientos, campos de concentración, exterminio masivo, que vandalismo): siempre serán presentadas y justificadas meras reacciones para defender sus “altos ideales”, ya no sólo ante unas"malas acciones de la derecha" sino contra una coexistencia que el socialismo real no está dispuesto a aceptar, aunque la historia ha demostrado su necesidad de un conveniente contrario.
La izquierda global, desde los regímenes comunistas hasta la socialdemocracia, todos y cada uno de sus artífices y diversos transmisores, jamás reconocerán que en su esencia misma aflora la clave de su tesis fallida: su existencia (supuestos logros, errores, canalladas, accidentes) se debe a la existencia de la derecha, a cuyos valores se contraponen radicalmente. Después de este pugilismo ideológico y comunicacional, lo que queda es el estado totalitario.
La derecha, según la izquierda, debe ser exterminada. No olvidemos que la izquierda es producto de la subversión contra los valores de la derecha. Así nació y se mantiene gracias a la mercadotecnia de este tipo de discursos esencialmente quiméricos, pero de gran pegada demagógica.
¿Y qué traerá el socialismo, o el comunismo, que según sus propios postulados es el estatus superior al que puede aspirar el ser humano? Lo primero que te dirán es que garantizará educación y salud para todos, economía planificada y un estado de bienestar sin parangón. En fin, el paraíso en la tierra. Lindas palabras, encantadoras promesas. Pero la realidad es que quienes han vivido el socialismo saben muy bien qué es lo más cercano a la descripción del infierno. Por eso siguen escapando por millones.
Es imprescindible (cada vez más) rescatar el breve y agudo ensayo ¿Por qué fracasó el socialismo?, donde el norteamericano Mark J. Perry advierte que el socialismo engaña a la gente con una oferta seductora: "Renuncia a un poco de tu libertad y te daré un poco más de seguridad". El profesor de economía recuerda que “la experiencia de este siglo ha demostrado que el trato es tentador, pero no vale la pena. Terminamos perdiendo tanto nuestra libertad como nuestra seguridad”. Como fue escrito en 1995, tras la caída del bloque comunista del Este, el título figura en pasado, pero las situaciones y juicios que expone hablan también del presente.
No es raro encontrar a quienes, para defender el socialismo, lo separan del comunismo como si se tratase de polos opuestos, o cuando menos lejanos. “No es lo mismo”, es su frágil escudo, su infantil justificación, de inevitable esencia marxista.
Pero con sacar las narices de su dañina propaganda y palpar la realidad, vemos que las diferencias (de contexto, de puesta en escena, no de guión, ni mucho menos de savia y pretensiones) entre el comunismo o el socialismo real, pese a utopías seudofilosóficas, no son más que un juego semántico, e histórico para colmo de males, cuyo sentido es mantener entretenido al circo. Pues como el pan es tan poco que casi nunca alcanza, la dócil palabra ha de jugar su rol socialista:confundir y adoctrinar. No se puede subestimar la mano –peluda, como suele decirse– de la izquierda, que sin dudas es larga. Mucho más de lo que suele pensarse.
El mundo, desde hace mucho tiempo, sí se trata de izquierdas y derechas. Aunque la prensa quiera paliarlo y hasta las academias, producto de las mutaciones y el constante cambio de disfraces, es un hecho. Ya vemos lo que pasa cuando no se lee a Perry y tantos otros que tratan de alertar a quienes no han sufrido el socialismo en carne propia. Por eso hay que estar alertas y detectar el veneno, que suele venir en frascos seductores y engañosos.
En una entrevista concedida al periodista George Plimpton para el número de primavera de 1958 de The Paris Review, el célebre escritor norteamericano Ernest Hemingway, quien por entonces vivía en Cuba, aseguró que el don más importante de un escritor era poseer "un detector de mierda incorporado y a prueba de golpes". Aquella conversación fue incluida al final de la antología Las nieves del Kilimanjaro, publicada en 1975 en Cuba bajo el sello Ediciones Huracán, de la Editorial de Arte y Literatura. Y no solo por los cuentos sino también por esa entrevista, se convirtió en uno de mis libros de cabecera durante mi primera juventud. Nunca he olvidado la rotunda frase.
El autor de El viejo y mar, París era una fiesta y Por quién doblan las campanas se refería a la literatura, pero semejante herramienta puede aplicarse igualmente al periodismo, las relaciones sociales y otras cosas, entre ellas –no faltaba más– la política. Solo hay que mirar la fauna política contemporánea, no únicamente la latinoamericana, sobre todo los llamados socialistas del siglo XXI y los Socialistas Democráticos de América (DSA), que representan uno de los mayores peligros ideológicos a los que se enfrentan las nuevas generaciones en Estados Unidos y el hemisferio occidental.
También, ante la amalgama de la llamada "oposición" cubana, conviene tener a mano esa arma biológica neohemingwayana, pues no todos los que se venden como opositores aspiran realmente a desmontar el sistema. Algunos apenas pretenden reformarlo, reciclarlo o asegurar su supervivencia bajo otro nombre y con un rostro menos repulsivo. Son nombres y rostros tallados a imagen y semejanza de la izquierda internacional —aunque a veces sería más exacto hablar de izquierdosidad—, adaptados a unos tiempos cada vez más complejos en lo sociopolítico, lo ideológico y lo comunicacional.
Obviar la historia es el peor error de cualquier generación. Esto viene ocurriendo por generaciones. La izquierda se ha adueñado prácticamente de la educación, la cultura, el negocio de las comunicaciones. La derecha (o sus vecinos) debería entender con urgencia que no atender a estas alertas es justamente lo que mantiene a la izquierda, al simpático y funesto socialismo, como un volcán en erupción, amenazante, siempre tan cerca como la casa de enfrente.

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