
La primera vez que escuché su nombre fue en los medios de comunicación del régimen de La Habana, controlados por el Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Lincoln fue muy odiado por Fidel Castro y sus acólitos
Apenas dimos la noticia, era imposible esperar otro efecto. La pólvora encendida corre como lo que es. A pesar de la cotidiana avalancha de informaciones en los medios tradicionales y la fiebre de chismes que reina en las redes sociales, no ha cesado la preocupación popular y del gremio ante el recorrido de 5 horas que, este 20 de mayo, la Agencia de Seguridad de Transporte (TSA) obsequió a agentes cubanos por áreas sensibles del Aeropuerto Internacional de Miami (MIA). Un tipo de cooperación reservada para gobiernos aliados, no para los Estados Patrocinadores del Terrorismo (SST, por sus siglas en inglés), que conforman Irán, Siria, Corea del Norte y, por supuesto, Cuba.
Más allá del enfado de la comunidad, persiste una seria consternación entre oficiales y trabajadores de ambas instituciones, donde, por cierto, hay hijos y nietos de exiliados, que conocen perfectamente la naturaleza criminal del régimen y cuyos familiares han sufrido de primera mano el terrorismo del estado cubano.
El descontento nos ha sido confirmado en las primeras horas de este jueves por las dos fuentes (que mantenemos anónimas) gracias a las cuales pudimos dar a conocer a través de Diario Las Américas este hecho de innegable riesgo para la seguridad de Estados Unidos, en un recinto como el MIA, por donde circulan miles de personas cada día. Lo cual no es un dato menor. Muy al contrario.
¿De verdad allá afuera hay quienes creen que abrirles las puertas de la TSA a los oficiales del régimen cubano no es algo muy serio y comprometedor, que esto no es un simple error y punto?, pregunta visiblemente indignado nuestra fuente A. “Esta locura necesita ser parada de una vez y por todas”, advierte.
MIA es uno de los sitios más transitados del hemisferio. Hasta el pasado marzo más de 88.000 vuelos fueron despachados en MIA, superando en un 12% ese mismo mes en el pasado año, con un promedio de 165.300 pasajeros diarios. En 2023 MÍA recibió 52.3 millones de pasajeros y de mantenerse esta tendencia, al finalizar este año podría superar los 55 millones, según reportó Diario Las Américas (DLA).
Que este increíble paseo instructivo y de cooperación por los cuartos y la tecnología, que son los lentes más precisos de la seguridad nacional estadounidense, hubiese ocurrido en un distante estado, no dejaría de hacer sonar las alarmas, pues de cualquier modo y en cualquier parte se trata de un acto irresponsable. Pero que tuviera lugar en el corazón del exilio cubano sin dudas adquiere mayor trascendencia.
No faltan los que opinan que todo se puede esperar del gobierno de Joe Biden, el envejecido vicepresidente de Barack Hussein Obama. No olvidemos que este dúo orquestó el fracasado “deshielo”, devolvió espías condenados, regaló una embajada al castrismo, ha ayudado a la legitimación del comunismo caribeño y dañado a los cubanos, con sus plumazos, dialogueros y conciliábulos, alejándoles de la liberación de la isla.
La pesarosa realidad es que el nuevo regalo a un estado patrocinador del terrorismo sucedió aquí, ante nuestras narices, dentro de nuestra casa. La TSA se ha justificado con que la orden de brindar el inconcebible tour vino de la Casa Blanca. El MIA y la alcaldía de Miami-Dade, bajo cuya jurisdicción gravita el aeropuerto, manifestaron que no fueron informados de la visita. Según han dicho, se enteraron por la prensa, cuando Diario Las Américas publicó la noticia que otros medios no tardaron en citar.
Pero no sólo los lectores y la gente de Miami han expresado su incredulidad ante estas declaraciones, sino que dentro del MIA y la TSA hay oficiales, con no poca información y capacidad de análisis, que piensan exactamente igual. Como relaté en mi anterior columna, publicada en elnuevoconservador.com y el diario El Nacional, esta visita guiada por áreas restringidas de la TSA provocó incluso un incidente con un oficial estadounidense que exteriorizó su descontento, entendiendo que esto podría comprometer la seguridad nacional, pues, más allá del personal que trabaja en estas áreas, su contenido y tecnología sólo se confía, hasta cierto punto, a oficiales nacionales o de países aliados.
Supimos que trabajadores de la TSA y el MIA cuestionaron que esta información se le proporcionara a un régimen que el Departamento de Estado mantiene en la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo (SST, por sus siglas en inglés), junto a Irán, Siria y Corea del Norte. Un oficial de la TSA no pudo reprimir su desprecio hacia los asesinos y líderes de la dictadura, por lo que fue citado por sus superiores a una reunión en otro cuarto. Hasta el momento, según nos han asegurado nuestras fuentes, el intercambio de opiniones divergentes no escaló.
Nuestra fuente B asevera que los argumentos de algunas autoridades acerca de la compartimentación, niveles de seguridad, entornos y tecnología de la TSA a que accedieron los agentes cubanos en el MIA, distan de ser ciertos: “Pareciera que quieren hacer pasar el hecho como algo normal, hasta rutinario, pero no tiene sentido. O hay alguien que no está haciendo bien su trabajo, o quizás el objetivo es restarle importancia a un grave error o una grave complicidad. No somos pocos los que lo pensamos”.
Todos los que hemos viajado por MIA o cualquier otro aeropuerto internacional sabemos que a partir del primer checkpoint nadie que no sea personal de seguridad autorizado a ese nivel puede detenerse al lado de las máquinas a analizarlas, ni mucho menos a tomarles fotos o videos. “Imagínate que aquí estamos hablando de entrar a los cuartos de seguridad a los cuales no tiene acceso el público, ni invitados, ni el personal sin el debido entrenamiento y que no haya pasado un background check [verificación de antecedentes] riguroso, como es lógico”, precisó.
“Los agentes castristas entraron a un espacio aún más sensible. Hablamos de un área donde se inspeccionan con rayos x los equipajes, buscando armas, explosivos, bombas. No hablamos de áreas con libre ni fácil acceso. Si hay alguien que por alguna razón transita por los pasillos no puede desviarse siquiera hacia esa zona. En todos los casos los responsables de esa área deben escoltar a los que no sean del equipo. Eso no es juego ni un tour”, lamentó la fuente A.
Los que trabajan con las máquinas detectoras de metales y explosivos tienen que asistir a una academia donde reciben entrenamientos cuyos conocimientos son de carácter restringido. “Esas personas no son cualquiera”, aclaró esta misma fuente, sino que son “gente que pasa antes por investigaciones profundas. Tienen que llevar trabajando dentro del sistema un buen tiempo, a veces unos 10 años, y haber pasado niveles de seguridad importantes porque su trabajo es sensible y de su nivel confiabilidad depende nuestra seguridad (...). ¿Acaso los oficiales castristas no necesitan nada de eso? Es muy fuerte”.
Los agentes cubanos a quienes, según nuestras fuentes, la TSA autorizó acceso a los cuartos de seguridad, pudieron conocer la tecnología robótica de última generación que se utiliza en MIA y otros aeropuertos estadounidenses, que hasta ese momento en Cuba no habían visto al menos directamente. “Enseñarle eso a la dictadura, patrocinadora del terrorismo y el antiamericanismo en varios continentes, no es solo una falta de respeto con la gente de Miami, lo es tambien con los turistas del mundo entero que por aquí pasan esperando estar seguros. Es una falta de seriedad y compromiso con la seguridad de nuestra gente”, expresó.
Mientras que para nuestra fuente B, los agentes castristas, “por mucho que ahora se quiera decir otra cosa”, no pueden entrar allí por varias razones: “No son parte del equipo de seguridad, al contrario, son agentes de un gobierno que ha atentado contra nuestra seguridad nacional, son enemigos, y por supuesto amigos de otros de nuestros enemigos. Esa gente no puede tener derecho a preguntar sobre los rayos x que usamos para defendernos de nuestros enemigos. Hay que investigar a todo aquel que diga lo contrario”.
“Pongamosle que a esta administración demócrata y a los estadounidenses que no conocen bien la isla, no les importe el sistemático terror del estado cubano en contra de sus ciudadanos. Es una posibilidad”, precisa la fuente B. “La cuestión es que Cuba, no los cubanos de a pie, sino el gobierno criminal de la isla, está en esa lista negra por sus alianzas con el terrorismo internacional, el narcotráfico, atentados, subversión, asesinatos, de todo, y contra nosotros mismos, el pueblo americano”.
“En América Latina y África hay miles de víctimas. En Estados Unidos hay muchas víctimas. Hay ciudadanos norteamericanos presos en calabozos castristas. Hay criminales estadounidenses fugitivos protegidos por el régimen cubano, enemigos de nuestro país y de nuestro modo de vida, que trabajan para ellos”, recuerda nuestra fuente A.
Finalmente insisto en cuestiones que urge clarificar: ¿Por qué razón el TSA abrió sus cuartos de seguridad en el Aeropuerto de Miami a esos agentes cubanos? ¿Quiénes son los responsables de tamaño desliz que podría comprometer la seguridad nacional? ¿Esto ha ocurrido esto antes, ya sea en este mismo u otros aeropuertos, y nunca lo supimos? ¿Y si no hubiéramos denunciado este evento? ¿Qué sigue ahora en el guión escrito a cuatro manos entre la Casa Blanca y Punto Cero?
Entretanto, esperamos las respuestas (no justificaciones) de las autoridades.
*La noticia de la visita guiada a agentes de la dictadura cubana por instalaciones y tecnología sensibles del TSA en el aeropuerto de Miami ha causado preocupación, malestar y reacciones en la comunidad y representantes políticos locales y federales. Luis Leonel Leon, director/fundador de El Nuevo Conservador (ENC), columnista y colaborador de DIARIO LAS AMERICAS (DLA) fue el primer periodista en enterarse del suceso y gracias a sus fuentes obtuvo los primeros testimonios que permitieron a DLA publicar la primicia. El reporte inicial y notas posteriores las elaboró César Menéndez, reportero de noticias locales de DLA. El trabajo en equipo fue coordinado por Iliana Lavastida, directora ejecutiva de DLA.
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