La industrializada estupidez de estos tiempos

El notable avance civilizatorio actual y todas las comodidades que nos rodean, se deben a la economía y sus leyes, pero, sobre todo, son consecuencia de los soterrados y milagrosos equilibrios entre seres humanos excepcionales

Bogaciones 17 de agosto de 2023 Andrés R. Rodríguez
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Cualquiera de nosotros hace una estupidez, sin que necesariamente seamos estúpidos. No es denigrante volver a caer en ese bache cada cierto tiempo. El problema es cuando tenemos 2 foul y entonces miramos para el pitcher, odiándolo, y le quitamos la vista a la pelota. 

A los que hacen estupideces con frecuencia, les cuesta mas trabajo reconocer su limitación, y tienden a creerse más listos que el resto. El estúpido, por definición, es el ser humano que cree que sabe mucho y no sabe lo que no sabe. O para decirlo de otra manera, los incompetentes, los mediocres y los tontos, tiende a sobreestimarse intelectualmente (efecto Dunning-Kruger). 

Las modernas sociedades industrializadas, donde casi todo esta hecho para complacer al usuario, tienden a convertir la masa, “el pueblo” en una manada estúpida troquelada. Ello tiene que ver con la socialización de la educación, que cada vez mas estandarizada hacia la media e impartida por el estado. Y como dice Herta Muller: “Cuando has sido educado para no pensar, eres analfabeto de otra manera”.

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La historia nos aporta una serie consistente de evidencias empíricas que debiéramos interpretar todos, pero ya vimos que algunos no pueden. La verdad suele estar oculta en los pliegues de muchos intereses concurrentes. Nos poncharemos muchas veces si nuestra interpretación de la historia está sesgada por nuestras primeras creencias (imprinting), pretendamos imponer a la realidad empírica nuestra cultura libresca (wishfull thinking), hemos escalado por estructuras, cumpliendo con ciertos chantajes, y creemos que lo hemos hecho únicamente por capacidad vemos el mundo con ideas preconcebidas (ideología: que muchos empleen espejuelos de la misma graduación, independientemente de su característica visual), estimamos que lo que dice uno u otro intelectual es taxativo: es elegante citar a Nietzsche, Lao Tze, Platón, o a Lord Byron, Bakunin, Sartre o Marx, pero no lo es creer que la visión sesgada del mundo que tuvieron en su época, se puede transponer a la actualidad, y hasta servirnos de “GPS”.

Nuestras sociedades modernas, con su enorme productividad industrializada consecuencia de la concertación entre sus cerebros científico-tecnológicos más creativos y avizoradores, se pueden dar el lujo de mantener ya parte de la sociedad subvencionada y habitando ecosistemas artificiales (ciudades) donde el individuo no es sometido a pruebas como sus antepasados viviendo en la salvajina o hasta en las sociedades feudales. Actualmente nuestras ciudades son ecosistemas muy artificiales y allí “viven en las nubes” (como diría mi abuela) en realidad casi todos los citadinos, en especial burócratas, intelectuales, académicos, maestros, artistas. 

El notable avance civilizatorio actual y todas las comodidades que nos rodean, se deben a la economía y sus leyes, pero, sobre todo, son consecuencia de los soterrados y milagrosos equilibrios entre seres humanos excepcionales, colaborando en pequeños grupitos de personalidades de la ciencia y la tecnología (technological team work), con numerosos aportes e invenciones. Es desde el grupo de trabajo de científicos e ingenieros, donde la humanidad va levantando vuelo. No es desde la masa, el pueblo, la humanidad o la nación. Son pequeños grupos de individuos selectos (elites) el que nos saca cada vez más de nuestras miserias animales e históricas.

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El mercado y la mano que lo mantiene en equilibrio estable, son importantes en el avance social, pero más lo es que se reúnan varios cerebros, con el ánimo y las condiciones para crear algo tecnológicamente complejo. Es por ello, que en situaciones de guerra y en instituciones científicas militares, donde más aportes se han logrado. Recordemos Internet.

El problema es cuando personas que habitan torres de marfil (invernaderos universitarios, posiciones intelectuales de poder, think tanks, alianzas entre políticos e ideólogos) creen que están haciendo progresar la sociedad, cuando en realidad lo que hacen es forrar sus agendas con palabrería, libros y papers, e insisten en que ello es ciencia y justicia social, e incluso, que en un discurso o en un mamotreto han capturado el unicornio azul. El problema se hace realmente agudo cuando estos cerebritos se hacen de todos los micrófonos y pretenden que son ellos, y solo ellos, los que saben lo que se debe saber y hacer. 

Hoy, en Occidente, el sentido común es asaltado a traición desde las academias, cuando desde allí, personas disfrazadas con toga pretenden imponernos ciertos discursos autorizados, a veces agudos, pero generalmente nebulosos, inútiles, desdentados, pomposos, soluciones de problemas que no existen. Es en ciertas cátedras, donde se ve más evidentemente el efecto Dunning-Kruger. Esa ignorancia que realmente es arrogancia, ha sido cultivada hasta en los principales invernaderos universitarios (Harvard, Yale, Oxford y otros). En los países industrializados constituyen una nueva capa de la población, muy numerosa y que antes no existía. 

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Es en las academias, donde más sesgos presenta la población. Porque han ido perdiendo contacto con la realidad en la medida que sus subvenciones son más generosas. Y actualmente plantean cosas que no parecen terrestres. La generación de relevo humanística es la que mas se ha ido deformando, lo que es visible en las notables diferencias en planteamientos entre sociólogos, economistas, “científicos” políticos, filósofos. No es el caso de las ciencias duras y la relativa coherencia y base numérica de sus debates.  

En entornos universitarios, es muy difícil hacer converger estos dos conceptos: selectividad y participación. En todo caso, se debe aspirar a la concertación intra y extra académica y a la divulgación y aprobación consensuada de los aspectos que inciden en la población. Sin embargo, hoy asistimos a que ciertos “académicos”, “intelectuales” o “científicos”, nos ametrallan con ideas que no parecen tener ni sentido común, más bien provienen o debieran ser relegadas a los manicomios, porque en su esencia atentan contra nuestra supervivencia civilizatoria y dejan el camino abierto para el envenenamiento cultural de occidente. Entre estas “ideas” cabe mencionar el igualitarismo, el globalismo, la ideología de género, la teoría crítica de razas.

Una universidad no debe ser un ágora, una plaza pública sin control donde alguno llega y uno u otro declama. Debe ser un templo selectivo (no censor) del libre pensamiento. Y sus puertas y ventanas no pueden permanecer todo el tiempo abiertas ni todo el tiempo cerradas. Ocurre que en estos tiempos de industrializada estupidez, como más bien sus puertas están cerradas, la academia occidental se ha ido convirtiendo en una elite penosamente cerrada, en los hechos politizada e ideologizada y sesgada su visión. Con lo cual no sorprende que estén deformando la mente de los jóvenes estudiantes. 

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Andrés R. Rodríguez es un investigador, biólogo, profesor y escritor cubano exiliado en Estados Unidos. Su más reciente libro es Involución. Otros de sus títulos son: "Havana 500 Anniversary”, "Caribbean Touristic Dictionary”, "Destellos al Alba”, "Lista de nombres comunes y científicos de peces marinos cubanos", "Peces marinos importantes de Cuba", "Ecología actual, conceptos fundamentales”, "Maritime Dictionary”, "Fábulas vivas", "Colonial Havana˗Trinidad”, "Ecología para Ecoturismo" y "La verdad es llama”. 

Los columnistas son responsables de sus opiniones.  

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