
Cuando García Lorca tocó las reliquias de Santa Teresa

El 19 de octubre de 1916 el joven escritor y poeta Federico García Lorca, quien por entonces tenía 18 años, visitaba por primera vez varias ciudades de España, entre ellas Ávila, la antigua ciudad amurallada y cuna de Santa Teresa de Jesús. Aquel viaje le dejaría recuerdos imborrables, que luego compartiría en sus escritos y en cartas a sus padres. Aunque Santa Teresa había ejercido a lo largo de la historia un atractivo generalizado entre los escritores españoles, para Lorca —que era algo indiferente e incluso incrédulo y distante de las creencias religiosas, sobre todo en sus años de juventud—, es interesante advertir cómo en este viaje vemos a un Lorca lleno de misticismo y espiritualidad, sorprendido por todo lo que descubre.
En realidad, Lorca nunca perdió el sentido católico de la vida y reconoció que “hay en nuestra alma algo que sobrepuja a todo lo existente”. También admiró la liturgia como “prueba viva de la presencia de Dios”, y reconoció que Dios está en nosotros. Pero vayamos al viaje.
Su maestro en Granada, el salmantino Martín Domínguez Berrueta, quien llamaba a sus viajes “excursiones pedagógicas”, y que hacía con alumnos selectos para que conocieran de primera mano las obras y lugares del arte de España, propone a Federico y a cuatro de sus compañeros de curso hacer un recorrido de 24 días visitando Castilla, Galicia y León. El viaje inspiraría al poeta granadino a escribir su primera obra, “Impresiones y paisajes”.
Al llegar a Ávila, comienza así su narración: “Fue una noche fría cuando llegué. En el cielo había pocas estrellas y el viento glosaba lentamente la melodía infinita de la noche… Nadie debe de hablar ni de pisar fuerte para no ahuyentar al espíritu de la sublime Teresa… Todos deben sentirse débiles en esta ciudad de formidable fuerza…”. Era sólo el primer día y ya Ávila comenzaba a impresionarlo.
Al leer esto, recordaba yo mis viajes a la tierra de mi Santa Patrona y el ambiente que encontré allí y que no he sentido en ninguna otra ciudad de España. Esa espiritualidad que se palpa en el lugar; ese entorno en el que todo parece trascender, ese misticismo que va al encuentro de la Santa fue lo que me sobrecogió a mí y es lo que impacta a Federico.
Convento de la Encarnación, Ávila.
Al día siguiente pasean por sus calles y monumentos y van al Monasterio de la Encarnación. Lorca se apasiona por la figura de la monja descalza pues tienen el privilegio de entrar en la clausura del monasterio donde había vivido Teresa. En carta a sus padres les narra: “Hoy ha sido el día teresiano; acompañados del gobernador, alcalde, etc., hemos recorrido los monumentos de la santa. Donde nació, donde fue bautizada, donde fue monja, etc., etc., y hemos leído los versos de la sublime doctora por los caminos de las murallas. Y ahora a lo gordo.
Con permiso especial del Nuncio hemos visitado la clausura del Convento de la Encarnación; a la clausura no entra nadie y hemos entrado nosotros. Es estupendo. Todas las monjas estaban allí cubiertas con largos velos. Nos acompañaron las monjas más viejas. Una iba delante tocando la campanilla para que las monjas se retiraran y no nos vieran. Yo estaba emocionado de ver aquellos claustros donde vivió la gloria más alta de España, la mujer más grande del universo como es Teresa de Jesús; de ver y tocar la cama donde descansó, las sandalias, la celda donde vivía y donde se le apareció Cristo atado a la columna, y el locutorio donde hablaba la santa con el místico San Juan de la Cruz.
Como llevaba navaja, don Martín me hizo cortar astillas de todo lo que usó la Santa y que las llevó a Granada. Las monjas nos dieron escapularios y reliquias de Teresa y de San Juan. Estoy contentísimo porque he visto un convento de clausura perpetua por dentro. Sacamos fotografías de las monjas a hurtadillas de ellas (no querían). Hemos puesto una pica en Flandes. Eso no lo ha visto nadie, nada más que el Rey y nosotros”.
La experiencia de la transverberación o éxtasis que Teresa vivió en este convento; aquellos arrobamientos en que intervinieron la carne y el espíritu a la vez en su búsqueda de Dios, es lo que llama Federico el “duende teresiano”. Dice Lorca: “una de las pocas criaturas cuyo duende (no cuyo ángel, porque el ángel no ataca nunca) la traspasa con un dardo, queriendo matarla por haberle quitado su último secreto, el puente sutil que une los cinco sentidos con ese centro en carne viva del Amor libertado del Tiempo…”.
Lorca está completamente cautivado por lo que ve; se siente tocado por la Santa, quien después de sus éxtasis acabará concretando su labor religiosa siendo reformadora del Carmelo y fundadora de 17 monasterios de monjas y 16 conventos de Carmelitas Descalzos.
Esta visita la hacían en los días próximos a la festividad de Santa Teresa (4 de octubre, día de su nacimiento, en 1582), y la ciudad se llenaba de gente que acudía a los lugares santos. “Estoy contentísimo, aquí la gente nos atiende una enormidad y la ciudad es una joya del arte, es como si la Edad Media se hubiera levantado del suelo”, le cuenta a sus padres. Y cuando llega a la catedral, el escritor hace un derroche de fervor y piedad en su descripción: “el alma que crea y esté llena de fe celestial, que sueñe en esta catedral que levantaron aquellos reyes de hierro de una edad guerrera. El alma que vea la grandeza de Jesús que se sume en estas sombras húmedas con ojos de cirios para sentir consuelo espiritual… Así, en un rincón escuchando al mago órgano y oyendo el tintineo grande de una campanilla, podrá pensar sin ser visto y gozar de una dulzura que únicamente encuentra allí. Eso es adoración a Dios, pero nunca entre luces, trompetas y ante una estatua de colorines colocada irrisoriamente sobre un promontorio de flores de trapo […]”. ¡Que afortunado es tener estos testimonios de uno de los grandes poetas de España!
Y continua Lorca la narración: “Por calles llenas de quietud y oro de crepúsculo, se desemboca en una plaza que posee una iglesia dorada que la tarde hace un inmenso topacio... y desde un muro viejo se contemplan los campos solitarios bajo el preludio de la noche. […] La ciudad se tiñe de color anaranjado y las campanas dicen todas el ángelus con un aire pausado y ensoñador […] Poco a poco la noche va llegando, unos pinos se mecen airosos en la umbría y las cigüeñas de las murallas vuelan sobre una espadaña... Pronto el oro será plata con la luna”, termina Lorca su maravillosa descripción. En ese viaje, Federico comienza ya a pensar en crear una pieza, en dar al teatro español una “Santa Teresa” mística pero también humana, porque como él decía, “esta figura me atrae de modo irreversible”. Lamentablemente, no pudo ser. Su muerte —cruel e injustificada— lo impidió.
El próximo 18 de agosto se conmemorará el 88º aniversario de la ejecución —durante la guerra civil española— de este gran escritor andaluz quien, a pesar de sus dudas de fe, cuando tocó las reliquias de Santa Teresa, creyó.
Artículo originalmente publicado en el periódico La Voz Católica, el 16 de octubre, 2023.





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